La ataraxia de Rajoy puede salir cara


Mientras las balas silban sobre las cabezas de los dirigentes del PP, que contemplan con angustia la caída libre en las encuestas, el ascenso imparable de Ciudadanos y la creciente movilización en la calle para exigir al Gobierno que la recuperación llegue a los bolsillos de los más castigados por la crisis, Mariano Rajoy les pedía ayer a los suyos que ignoren los sondeos y mantengan la calma frente al «ruido» y el «exceso de movilizaciones». Lo que no está claro es si esta actitud imperturbable y enigmática, como de maestro Yoda frente a unos aprendices padawans, se debe a que cuenta con sólidos y secretos argumentos para revertir la situación o si actúa como lo que en Estados Unidos se denomina un pato cojo. Es decir, como un presidente que no aspira ya a ser reelegido y que, por tanto, toma sus decisiones en función de lo que cree más conveniente para el futuro de su país, sin importarle el coste en imagen que puedan tener para él, o en votos para su partido.

Pero como el propio Rajoy alimenta la hipótesis de que quiere volver a presentarse, habrá que concluir que ese extraño estado de «ataraxia» en el que le ven los suyos se debe a que está convencido de que, gracias al fuerte aumento de los ingresos, conseguirá aprobar unos Presupuestos del 2018 expansivos con los que pretende garantizarse apoyos y estabilidad para agotar la legislatura, sofocar el incendio en la calle y, de paso, tratar de reconducir la crisis en Cataluña.

Y es aquí donde hay que empezar a ponerse en guardia, porque si bien la subida de las pensiones más bajas y la mejora de las prestaciones por viudedad que se contemplan en esas cuentas públicas son de absoluta justicia, otras, encaminadas a garantizarse los apoyos políticos, podrían resultar discutibles y hasta intolerables. El imprescindible apoyo del PNV a los Presupuestos del 2017 ya tuvo un coste gigantesco en forma de una mejora del cupo que más bien fue un cuponazo. Y ahora, para repetir la jugada consiguiendo que el PNV renuncie a su exigencia de que se levante previamente el artículo 155 en Cataluña, el Gobierno está dispuesto, entre otras cesiones, a un gran incremento en la inversión en el AVE vasco. Esa gruesa factura a cambio de los cinco votos del PNV se acompañará de un fuerte impulso a la inversión en infraestructuras en Cataluña, con una nueva terminal para El Prat y la llegada del AVE a Gerona para tratar de aplacar el ardor secesionista. Todo ello, mientras la conclusión de la alta velocidad a Galicia, eternamente aplazada, tendrá que esperar como mínimo hasta el año 2020.

Es discutible que la calculada estrategia de Rajoy en torno a la subida de las pensiones consiga apaciguar definitivamente el inesperado levantamiento de los jubilados que ha cogido desprevenido al Gobierno. Pero lo que es seguro es que el líder del PP tendrá difícil explicar a los líderes regionales de su propio partido, a los que pide calma a solo un año de las elecciones municipales y autonómicas, por qué las grandes beneficiadas en los Presupuestos serán las dos autonomías más desleales con España.

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