Gran hermano


La vida es un rosario de ironías. Como las de Facebook. Que censura La Libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix, porque esos pechos desnudos no pueden traer nada bueno. Que pide perdón después, porque ha montado un buen lío. Y que, mientras tanto, se convierte en el ojo de un huracán que ha pasado por encima de la libertad y del pueblo. Porque el escándalo de Facebook y Cambridge Analytica es digno, no ya de un episodio de Black Mirror, de una temporada completa. Datos de millones de usuarios robados o vendidos, depende de la versión de unos y otros, para ser convertidos en un arma política de primer orden. Información digerida convenientemente para lanzar dardos propagandísticos al talón de Aquiles de cada uno, para confeccionar trajes a medida y hacer que parezca que uno se los ha encontrado por casualidad en las rebajas. Un gran hermano disfrazado de colega que lleva al personal hacia la luz del brexit o la salvación de Donald Trump. Una maniobra financiada de forma altruista por Robert Mercer, un millonario estadounidense muy conservador que no soporta los medios de toda la vida (mucho mejor pescar con redes de arrastre en caladeros ajenos).

Al menos parece que por fin Mark Zuckerberg tendrá que dar la cara. Todo indica que ya no vale aquello de que Facebook es un contenedor gigante de un barco fantasma en el que no hay capitán que asuma responsabilidades por su carga, su tripulación o sus polizones. No. Nadie puede decir que esta red sigue siendo un inocente grupo de amigos que solo pretende que la gente se relacione.

La amenaza no son los pechos al viento de Marianne. Es el algoritmo guiando al pueblo.

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