Demasiadas pistas en el circo


Como cuando de niños nos premiaban con asistir a una de aquellas funciones de circo y permanecíamos fascinados durante horas sin saber a cuál de las tres pistas atender, nos mantenemos ahora absortos y como papanatas por el espectáculo de este otro gran circo que ha entrado en nuestras vidas y en el que las pistas triplican las de las mejores carpas de aquellos tiempos.

 Tenemos puesta la atención en demasiados lugares con el riesgo de no atender bien a ninguno. Estamos alertas a lo que pudiera considerarse la pista central situada en la prisión de Neumünster. Lo estamos a Waterloo, a Escocia, a Suiza, a Bélgica, a las calles, a las plazas, a las carreteras de Cataluña y al Tribunal Supremo. Nueve escenarios que nos obligan a sufrir un estrés excesivo y eso que hay que agradecer que permanezca inactivo desde el primer día el que le corresponde al Gobierno, que aún no ha hecho su aparición en todo este esperpéntico show.

Con el gran líder de la revolución de los señoritos enclaustrado, la dirección de la representación circense ha ido a parar a manos de la Justicia, que es adonde el Ejecutivo español quiso siempre que fuese. De la Justicia española, alemana y la de los restantes países que sirven de refugio a los huidos. Por cierto, que algún día habrá que analizar la dignidad de quienes se encaminaron llorosos hacia prisión y la cobardía de los que tomaron a hurtadillas las de Villadiego. Porque no son iguales.

A día de hoy el entretenimiento está servido, con un amplio abanico de artistas. Tenemos de todo. Saltimbanquis, trileros, domadores, acróbatas, contorsionistas, payasos, escapistas, malabaristas, tragasables, magos y balancines. Y también periodistas. Solo hay que situar a cada uno en la pista que le corresponde para ver lo bien que realizan su cometido.

El espectáculo se mantiene en pleno apogeo; con demasiadas pistas, pero muy vivo, aunque sin duda ha llegado el momento ya en que causa hastío y sopor y nos produce somnolencia. Y por ello se hace imprescindible el montaje de un nuevo escenario en el que bajo el gran cartel de sensatez y sentido común se ofrezca el espectáculo que nadie ha ofrecido hasta hoy. El de la concordia, el diálogo y el entendimiento. Necesitamos la pista del debate y del consenso. Y solo entonces podremos prescindir de todas las demás. Que no las necesitamos. Y porque lo que vimos hasta ahora resulta deplorable.

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