Las plañideras


Oviedo

En 2009 leí un artículo sobre el regreso de la figura de las plañideras en España. Las plañideras son mujeres a las que se les pagaba un dinero por ir a llorar al entierro de una persona a la que no conocían, por si ustedes no lo saben. Esta práctica, que parece ser fue prohibida en el siglo XVIII por la Iglesia católica, fue recuperada en la reciente crisis económica, pues parte de la Iglesia española pensó que podría suponer una ayuda de unos veinte o treinta euros por entierro para mujeres necesitadas. Una de ellas aseguró que tampoco era tanto dinero, que para cubrir gastos necesitaría seis o siete muertos diarios, pues hasta en el plañir hay precariedad en España.

Antes de la prohibición, las plañideras eran ciertamente espectaculares. Se arrancaban mechones de pelo, se rasgaban las vestimentas, se golpeaban salvajemente, gritaban mucho, y aquello era un escándalo y nadie podía escuchar al sacerdote, quien probablemente pensaba que aquello era una costumbre propia de salvajes sin cristianizar. A pesar de la prohibición, el oficio permaneció en algunas zonas de España más o menos escondido, y como la única manera de que los pobres ganaran dinero en este país en 2009 era que existiera un muerto de por medio, algunas almas altruistas decidieron que quizá por ahí se podía echar una mano a pagar las facturas. Las plañideras ya no se rasgan las ropas ni se arrancan las cabelleras, hoy lloran discretamente, con decencia y eso. No logro entender las razones por las que una persona querría eso en su entierro, pero Igual es que queda bien tener ahí a alguien llorando para tu abuela o tu padre. Da para cuadro y foto en blanco y negro.

España es un país de plañideras y plañideros. Este es el lugar en el que te matan a un hijo en Zamora y se indigna un señor al que no conoces de nada en Valencia, y más, pues hasta le indigna que aparentemente a ti te indigne menos, por mucho que la procesión vaya por dentro, y le indigna tu falta de sed de sangre. Porque él, sí, él (o ella), si pudieran, si estuviera en sus manos, no dudaría en matar al asesino con sus propias manos. Incluso sería capaz de sacarle una confesión a base de puñetazos al sospechoso. Dejadle cinco minutos a solas con él, por muchos inconvenientes que pueda acarrear.

En los años 90, cuando Claudio Alba fue detenido acusado del asesinato de tres mujeres en Castellón, una mujer menuda y mayor esperaba a los policías que acompañaban al acusado a la puerta de los juzgados. Las cámaras de televisión recogieron ese momento en el que, visiblemente histérica, gritó "que lo maten, que lo maten, que lo maten. La policía no hace nada". Las imágenes son terribles, los policías intentan atravesar los escasos metros que separan su vehículo de la entrada a los juzgados mientras son increpados junto con el detenido, que camina torpemente con la cabeza tapada por una chaqueta. ¿Qué hubiera importado arrojar al detenido a las masas, a la turba? ¿A quién le habría importado? El inconveniente de todo esto es que Claudio Alba fue detenido sin pruebas, y el verdadero asesino, Joaquín Ferrándiz, seguía suelto. Así que la plañidera estuvo pidiendo que mataran a un hombre inocente. Tanto da, las consecuencias de su paso por la cárcel acabaron con su vida años después, destrozado psicológicamente y habiéndolo perdido todo: piso, trabajo y salud. Así que, como pedía la señora, en cierto modo lo mataron en medio de una espiral de histeria colectiva y presión mediática.

Las reacciones viscerales tienen estas cosas, que no dejan mucho lugar al raciocinio. A todos nos duele la muerte de un inocente, salvo si el inocente es Claudio Alba, que no le importó a nadie, pero algunos sienten una necesidad imperiosa de demostrar que su dolor es más dolor, más auténtico, más de barra de bar y de golpe en la mesa. Las plañideras, con ser una figura que encuentro siniestra, no tienen punto de comparación con quienes ejercen el oficio con sinceridad, sin dineros que cubran la amargura. Cuando una persona se pone a pontificar en la barra del bar, o en la mesa durante la comida en el trabajo, y eleva la voz para decir lo que haría con un presunto asesino, desconfío más de esa persona que del asesino. Cuando veo a alguien que explota así ante una tragedia que no le es cercana, lo que veo es una persona que quizá no esté sintiendo mucho lo sucedido, pero que siente la necesidad de hacer ver que así es, que es como si el hijo del otro fuera el suyo propio, y todos debamos ser testigos de ello, y lo siente ante quienes le rodean habitualmente o a la puerta del juzgado, con las antorchas.

Pero el dolor no es más grande por el ruido que haga uno de él. Los padres de un niño asesinado vivirán siempre con el dolor dentro comiéndoles las entrañas, y al plañidero aficionado se le acabará la indignación a medida que los medios de comunicación olviden el asunto, a golpe de telediario, para volver a surgir con fuerza con el próximo crimen, en la barra de cualquier bar.

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