En Calabria ha habido vacas sagradas durante unos cuarenta años. Reales. Rumiantes paseándose por sus caminos, entrando en campos privados, dañando propiedades sin que nadie los frenara... Espíritus libres, más libres que la mayoría de sus vecinos. Y no es que en esta región de Italia se hubiera instalado población procedente de la India y se dedicara a liberar al ganado para estar en paz con sus creencias. No. Pero ahí estaban los bóvidos insumisos. Según Il Corriere della Sera, estos animales llegaron a provocar accidentes de tráfico y dos descarrilamientos de tren. A los vecinos más sensibles tampoco les gustaba que pastaran dentro del cementerio de Polistena como si las tumbas fueran pesebres y las coronas forraje. Pero nadie lo impedía. Eran como seres mitológicos, parte de una leyenda. Es como si estuvieran allí desde el origen de los tiempos, antes de que los calabreses tuvieran conciencia de sí mismos. Oficialmente no tenían dueño. Pero la verdad es que nadie quería decir en alto el nombre del supuesto propietario: la ‘Ndrangheta. En estos casos el silencio es el chaleco antibalas más popular. Las vacas simbolizaban el poder del crimen organizado. Y, como bien, recuerdan algunos, además estaban los jugosos fondos de la Unión Europea para la ganadería extensiva. Y tan extensiva. Podía extenderse hasta donde quisieran (incluido el jardín de cualquiera). Pero las autoridades han roto el hechizo. Ha comenzado una captura selectiva ordenada por las autoridades. «Ya no son intocables», dicen los políticos. Si el mérito es suyo, también lo fue una desidia de décadas. Pero ahí queda la lección. No hay garantía de impunidad ni para las vacas sagradas literalmente.

Valora este artículo

2 votos
Comentarios

Vacas sagradas