Al secesionismo le da pánico gobernar

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Lo malo de aventurarse a ejercer la acción política en el mundo de la fantasía es que se acaba cogiéndole gusto. Uno se acostumbra a ignorar la realidad, esa cosa molesta, y para cuando quiere darse cuenta le resulta ya imposible abandonar el universo onírico, en el que todo resulta factible, para regresar a lo aburridamente tangible. Es lo que les está sucediendo a los impulsores de ese extraño artefacto llamado procés, muerto ya de inanición. Con el expresidente catalán Carles Puigdemont atrapado en una celda de ocho metros en la lejana Schleswig-Holstein y a la espera de responder por sus tropelías ante la Justicia, concluye de sopetón la farsa del Gobierno legítimo en el exilio, el último fake al que se agarraba el independentismo para tratar de alargar la fiesta.

Pero, instalados en ese Matrix del que siempre les habla Inés Arrimadas y que tanto les molesta -«¡Ni Matrix ni puñetas!»-, los secesionistas insisten en la ficción. Ayer, en el Parlamento catalán, evidenciaron que carecen de cualquier capacidad de respuesta a la cruda realidad. Se les han acabado el combustible, las ideas y el valor, y por eso repiten números tan gastados como inútiles. Como respuesta al descabezamiento total del movimiento separatista, con unos líderes en prisión y otros a la fuga practicando el sálvese quien pueda, aprobar una resolución en la que reivindican el «derecho» de Puigdemont, de Jordi Sánchez y de Jordi Turull a ser investidos presidentes de la Generalitat no parece algo muy audaz. Entre otras cosas, porque ya han intentado investir a los tres. Y que el Parlamento catalán exija la libertad inmediata de todos los políticos presos, como si los jueces españoles y alemanes estuvieran a sus órdenes, es solo otra zafia y estéril muestra de incultura democrática.

Decía Ortega que todo esfuerzo inútil conduce a la melancolía. Mientras se les viene encima una apisonadora llamada Justicia y Estado de derecho, los independentistas siguen tocando la lira y planteando imposibles. Y una parte de la oposición, aburrida de no tocar balón, parece contagiarse de esa afición por huir de lo real, participando en un concurso de ocurrencias, a cada cual más extravagante, como un Gobierno de concentración (PSC) o uno de independientes (En Comú Podem).

El problema que tiene el nacionalismo catalán es que se encuentra atrapado en su propio fracaso, porque después de haber prometido la independencia, limitarse a gobernar Cataluña les parece poca cosa a los que han sido engañados. O más bien, una rendición. De ahí que se resistan como gato panza arriba a afrontar la realidad y formar un Gobierno, que es para lo que han sido elegidos en las urnas, pese a tener en sus manos la mayoría suficiente para ello y a que el Ejecutivo español no solo no lo impide, sino que lo está deseando. Prefieren seguir instalados en la reivindicación de lo imposible y en la retórica inútil que solo conduce al bloqueo, cobrando todos ellos religiosamente, eso sí, su sueldo de diputados autonómicos en virtud de la Constitución española que tanto repelús les da.

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