La fe de mis mayores de la izquierda


Ahora es la Semana Santa, luego vendrán las comuniones. Tenemos a multitudes, porque lo son, de ciudadanos que jamás pisan una iglesia, para quienes mandamientos y sacramentos son un coñazo en el día a día que ni se plantean por un segundo cumplir pero que, al llegar la víspera del ritual, se nos aparecen de pronto como unos devotos entregados al cristo local y a la virgen del barrio, para los que el vestido de mini novia para la niña y el de marinero del niño son innegociables. Son los católicos no practicantes a los que la Iglesia, que predica constantemente contra los fariseos de hace 2.000 años, consiente porque de algo hay que vivir.

Tenemos incluso al ejército poniendo banderas a media asta en los cuarteles gracias a la intercesión de este gobierno al que sin rubor no le importa disparar balas de goma a unos desesperados que llegan nadando a nuestras playas huyendo de la miseria pero luego gusta de pasear a sus ministros de costaleros si fuera menester y de rigurosa mantilla ellas. Con eso se contentan todos, con eso basta. A ningún arzobispo le importa ni protesta porque están muy ocupados riñendo por cómo y con quién se mete en la cama gente a la que le importa un bledo sus prohibiciones mitológicas.

Ay, la hipocresía de los no practicantes. Está aquí para quedarse, es un mal que ya se ha extendido más allá de la religión, hasta la ideología y la política porque con el ritual son muchos los que ya se sienten saciados. Todos los devotos de conveniencia aman por encima de todo mostrar su gran número por las calles, unos en procesiones, otros en manifestaciones, aunque es crucial que no se concreten después en nada, no vaya a ser que la comodidad y el puritanismo se nos estropeen teniendo que retorcer algún principio inmaculado para lograr un bien, o un medio bien, que le sirva a alguien para algo. Está por ejemplo el procés soberanista catalán, quizá uno de los fenómenos más reaccionarios de principios del siglo XXI en Europa, un movimiento que esencialmente quiere separar a ciudadanos bajo la convicción de que unos son mejores (a veces por su cultura, a veces por sus genes, a veces por el paisaje donde se vive) que los de al lado. En los artículos de la prensa internacional en los que un guiri quiere tener sus 15 minutos de Hemingway se suele sugerir que España debería conceder más autonomía a Cataluña, si se pregunta sobre qué (porque no hay territorio en el continente salvo una confederación que la tenga igual) nuestro pequeño aspirante a autor de Por quién doblan las campanas pero en columna de opinión, dirá que se extienda el modelo de concierto fiscal que ya existe en el País Vasco. ¿En serio veis progreso en esta medida? ¿Reducir la solidaridad interterritorial aún más para que los ciudadanos que viven en regiones más pobres tengan menos recursos? ¿Es porque los que viven en las regiones más ricas son unos elegidos (hay un poder telúrico que los hace más ahorradores y más afortunados) mientras que los menesterosos lo son porque lo tienen merecido, por vagos, porque su «cultura» o su clima los hace gandules y sólo validos para la fiesta? Hay señores y jovencitos también que han tratado de colarnos estos argumentos (que son los de Wolfgang Schäuble en la crisis europea, con los que se atornilló a Grecia) como el colmo de la modernidad para la península.

Ay, pero la calle. En el procés hay muchas manifestaciones, y multitudinarias de verdad, también hay porrazos crueles de la policía (duele igual el tolete de la nacional o la autonómica), hay también políticos que han terminado en prisión. Importa poco cómo y por qué, no es relevante que haya habido malversación (se han recortado programas sociales, se ha desviado dinero que eran para que niños tuvieran dos comidas al día, eso, para el referéndum de chichinabo del 1 de octubre). No importa. La izquierda en su historia ha convocado grandes manifestaciones, se ha llevado mucha leña de antidisturbios y también ha tenido políticos en la cárcel así que para algunos de nuestros más avispados difusores de opinión se cumplen todos los cánones y eso debe de ser de izquierda. Ojo ahí, cuidado, como la izquierda tuvo jaranas en el pasado, cualquier jarana es de izquierda, peor aún, la jarana en sí es la izquierda. Pero, ay la calle, las protestas masivas y alegres del 15M nos dieron 4 años de mayoría absoluta del PP; la frivolidad de zoquetes y adanistas le dio una segunda oportunidad a Rajoy y ahora le van a entregar una nueva mayoría absoluta al PP y a Ciudadanos unidos. Pero somos inmaculados, somos santos, el pañuelo palestino es nuestra mantilla, la pancarta es mi icono, la utopía no es horizonte al que llegar, es un Cristo del Gran Poder al que sacamos a hombros unos días para que se vea.

Quizá en el futuro cuando la burricie se haya extendido por todo el planeta y ya nadie sepa nada de cómo y por qué, quizá nos quede el ritual de hervir la leche antes de beberla, sin conocimiento alguno de que existen las bacterias, pero porque se hacía así, por la fe de mis mayores. Y al menos de eso sacaríamos algo bueno, de esto nada.  

Valora este artículo

7 votos
Comentarios

La fe de mis mayores de la izquierda