Abecedario


P incendió C y huyó por picudas montañas. P había sido entronizado tras ser despojado M de la corona por un grupo de mercenarios venidos unos del profundo sur, caso de G, ahora recluida en una fortaleza helvética (a ella se unió poco después R), otros de repúblicas maquiavélicas Italianas o de tierras de las Coronas de A y de N, y también de C, M y P, pero que escondían por vergüenza sus orígenes. Todos ellos se agrupan en una ominosa y pringosa fraternidad a la que le han puesto el ahistórico nombre de C-U-P.

Con P salieron cobardemente trotando en la noche que siguió al incendio, tan pavoroso como el de Nerón, algunos de los cortesanos que secaron la paja y la leña, dejando en la estacada al resto de conspiradores que amotinaron a la plebe contra E. Paralelamente, emprendieron el exilio al sur, al centro y al oeste artesanos, comerciantes, cambistas, prestamistas y las familias vasallas que tenían algunos ahorros, huyendo de las brasas (no emprendieron la navegación hacia levante porque se toparían con cinco islas donde se está fraguando la misma necia conjura). A esto se sumó la cancelación de ferias internacionales y disminuyó la entrada de moneda foránea en C.

P y sus leales recalaron en la inmensamente cínica F que, además, no olvidaba las derrotas que le había infligido la Corona de E. P deambuló solo por los heladeros vikingos vociferando que le había sido arrebato el trono por la pérfida E, que se había adueñado de C en la, por él considerada, heroica Guerra de Secesión de principios del XVIII. Le bastó a P quitar una u y plantar una e en el apellido de esa tal contienda para que camarillas de cristianos viejos del continente le proporcionaran viandas, dineros y palacetes de muchos aposentos, y clavaran en las puertas de iglesias y catedrales manifiestos contra la represiva capital de E, M.

Pero en G, P fue detenido. Los germanos no se tragaron los panfletos, lo apresaron y lo arrojaron a una celda con vistas a la nada. Y en esto está esta infame saga, a la espera del dictamen jurídico de la tribu de los alamanes, cuyo preámbulo se conocerá hoy, tal vez mañana. Y, entretanto, los incendiarios que por docenas habían tomado el castillo de B mantenían como rehenes a los representantes de la mayoría de súbditos de C, súbditos acosados, vilipendiados, violentados, amenazados de muerte, por mesnadas de ignaros; populacho tosco y ruin que, arengado por los amotinados del castillo, y tras años y años de aquelarre doctrinal, se ocupan de hacer lo que desde siempre han hecho los bárbaros en toda guerra: la táctica de la tierra quemada.  

Resta en este abecedario ano-político unas últimas letras. U es el señor de un palacio sito en V, cuyo señorío se extiende por un puñado de valles y montañas del norte. U es el heredero de una familia de abolengo, conocida como P-N-V, que medró gracias a las donaciones que recibió por su campaña contra los impuros de sangre. U se ha aliado con los nuevos hunos de C; pero lo hizo tras una campaña de pillaje por los dominios de E. El mismísimo valido del monarca F, R, giró el cuello para no darse por enterado del descarado desfalco, creyendo que así se ganaría la lealtad de U. R, el valido, no cayó en la cuenta de que U es un vil señor, un personaje sombrío y chantajista que se vende al mejor postor y, en consecuencia, ha puesto en jaque al gabinete de F, y está por ver si el jaque acaba en mate.

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