Las siete y media de los pactos de Estado (con rubia y reina al fondo)


Andamos sin presupuestos generales. Al cacareado pacto nacional por la educación sólo asisten ya PP y C’s. En realidad, cualquier pacto nacional sobre cualquier cosa será algo tan íntimo del PP y C’s que podrán hacer sus reuniones en catalán. No hay ni rastro de política. Los presupuestos saldrán adelante, pero de la peor forma posible. Al PNV no le gusta que lo vean con el PP y el 155. Cuando se forme gobierno en Cataluña, y se formará porque la actual exigua mayoría no quiere otras elecciones, se anulará el 155 y el PNV irá al Congreso a hacer caja. Porque así es el sistema que nos dimos: la foralidad le permite al País Vasco no cargar en sus cuentas con esos vecinos de ahí abajo menos prósperos y la ley electoral les permite que un puñado de votos les dé en el parlamento de ahí abajo muchos diputados para hacer caja (compárense los votos y escaños del PNV e IU e intenten explicárselo a su hijo de la ESO). La legislatura empezó enferma. Ganó sin mayoría un partido desacreditado, porque se prefería el mal olor a la intemperie. Y el partido líder de la oposición se desangraba regalándole la presidencia a cambio de nada.

Los pactos de estado necesitan buenos jugadores de las siete y media, que ni se pasen ni se queden cortos. Quedarse corto es afrontar el pacto con tan pocas ideas firmes o tan poco compromiso con ellas que el supuesto pacto sea un zoco donde sólo haya tácticas de tahúr o intereses particulares. El PNV y C’s se destacan en estas artes. Esperen a ver cómo y qué presupuestos generales pactarán. Pasarse en las siete y media es lo contrario, ir al pacto con tal firmeza en las posiciones propias, que lo que se ofrece a la otra parte es un órdago, o lo tomas o lo dejas. La legislatura empezó con un órdago. El aparato del PSOE prefería en la Moncloa a Rajoy que a Pedro Sánchez. El órdago de Rajoy era doble: a ver si os atrevéis a dejar a Pedro Sánchez pactar con Podemos; y a ver si os atrevéis a no investirme y cargar con el mochuelo de unas terceras elecciones. A continuación Rajoy se limitó a contrastarse con los rivales repitiendo unas pocas palabras que la gente quiere asociar con quien les gobierne: seriedad, sensatez, sentido común, solvencia, moderación.

Y en esas seguimos: Rajoy pasándose en las siete y media lanzando órdagos y repitiendo lo de seriedad, sensatez y sentido de estado. Una cosa es pretender pactos como Rivera, desnudos de moralidad y dispuestos a cualquier cosa y su contraria, y otra ir con actitudes tan radicales y petrificadas que la otra parte no tenga dónde sentarse. Veamos. El PP va camino de convertir la Semana Santa en una versión ibérica del desfile de los orangistas en Irlanda del Norte. En la Semana Santa hay un revoltijo desordenado de religión, tradición y fiesta. Pero el PP quiere que sea ya parte normal de esas fechas la provocación ultracatólica y la respuesta desgañitada en nombre del estado laico. Ahí tenemos las banderas del ejército a media asta por ardores fundamentalistas. Ahora cuatro ministros se unen al cotarro voceando el soy el novio de la muerte, como memos, llenando el país de caspa y olor a rancio. Justo el ambiente más acogedor para que luego salga Rajoy pidiendo sensatez y sentido de estado. El PP no tocó en nada ninguna de sus leyes más extremistas. La ley mordaza sigue metiendo a tuiteros en la cárcel y considerando delito la ofensa a la religión. La LOMCE está haciendo todo el daño a la enseñanza pública e intensificando toda la segregación social y de otro tipo para la que fue concebida. La hucha de las pensiones se fue vaciando de manera premeditada y ordenada y Rajoy ya nos dice que busquemos pensiones privadas. Ya habían recortado las becas (en ello siguen) y habían mascullado algo de créditos al estudio; es decir, que cedamos a la especulación bancaria nuestra formación y nuestra vejez, como si no fueran derechos tan explícitos en la Constitución como la unidad de España. Continúa el asalto desvergonzado a la independencia de la justicia. El 1 de octubre fue una fecha desdichada para España por la manera en que el PP, sin consultar ni acordar nada con nadie, desquició un referéndum ilegal que nadie se tomaba en serio, dio tribuna internacional a las calenturas nacionalistas y devaluó la imagen exterior de España. La actual sentencia del tribunal alemán muestra que la sinrazón nacionalista está siendo correspondida con una desmesura que busca nutriente electoral en las emociones negativas que suscita el caso catalán a cambio de dejar en ridículo a nuestro país.

El PP hace lo que le viene en gana y luego lanza el órdago de la sensatez y el sentido de estado. La táctica funciona, porque al PSOE le tiembla la voz cuando oye lo de sentido de estado. Pero con la actitud del PP cualquier pacto de estado o pacto presupuestario sólo puede ser un trágala. Al PSOE debe dejar de temblarle el pulso y hacer lo que a actitud del gobierno requiere: conflicto y confrontación. Exactamente por lo que dice Rajoy: por sensatez, por moderación y por sentido común. Quien haya oído a Ángel Gabilondo hablar de su próxima moción de censura habrá visto en él lo que acabo de decir: conflicto, confrontación, sensatez, moderación y sentido común, todo junto.

El poder es en el PP una escayola que lo mantiene con forma. Sin poder sería una desbandada desordenada. El vodevil de Cifuentes nos dibuja la situación general del país. La situación de Cifuentes une el ridículo a la desvergüenza de tantos otros episodios del PP. Y es más grave que la defenestración política de quien se hacía la graciosa haciendo que se hacía la rubia. Las falsificaciones de Cifuentes requieren profesores que firmen o falsifiquen firmas, autoridades que repartan falsificaciones y gente pidiendo a gente que falsifique. Sí está en entredicho la universidad pública española. No cabe pensar que el bochorno de Cifuentes sea un caso extravagante y aislado. La manera desordenada en que se quieren devaluar los grados y pasar el rango académico a los másteres hace temer el tipo de desregulación que los vivales necesitan para sus trapacerías. Podemos suponer razonablemente que esto de Cifuentes se hizo y se hace con más gente y que si no caen los profesores y autoridades implicadas en este sonrojo, otros no tendrán miedo y seguirá ocurriendo. ¿Hasta dónde llegó exactamente la desigualdad en España? ¿Hasta dónde el desprecio nunca antes visto del conocimiento y los méritos? Cifuentes nos recuerda que la situación política exige regeneración y, por tanto, confrontación y no armonía y pactos. Gabilondo está poniendo el rumbo y el tono que debería seguir el PSOE.

En un ambiente como el actual, no hay Jefatura de Estado que pudiera mover ningún hilo para enderezar pactos de estado o entendimientos convenientes. Hubo situaciones en que la monarquía perdió oportunidades de demostrar alguna utilidad. Pero no podemos dejar de anotar la brecha que hay entre los asuntos de la realeza y los de la realidad. Si tuviéramos que resumir en tres palabras la actualidad del día, estas serían Cifuentes, Puigdemont y Letizia. Mientras la cuestión catalana pudre convivencia e instituciones y se abre una importante crisis política, una reina anda estirando el pescuezo para salir en la foto y la otra se interpone para sacarla de la historia. Seguro que había importantes cuestiones de principio en el pescuezo de una y el atolondramiento de otra. Xosé Luis Barreiro recordó con buen juicio que la razón principal para que haya monarquía en una democracia es la pereza. Tal vez Letizia debe recordar que su marido es Rey porque tiene las cualidades óptimas para serlo: ser hijo de Juan Carlos y Sofía, y que no hay más principios implicados en el asunto que la alternativa republicana. O tal vez deberían entre todos recordar que una de las funciones del Rey no elegido es ser la cara y avatar del país, el gesto en el que se reconozca la nación. Las dos reinas peleando por la foto al lado de los caretos de Cifuentes y Puigdemont indican como digo la distancia entre esta realeza y esta realidad nuestra.

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