España y Facebook


Facebook es como España: un lugar idóneo para el chismorreo. A los españoles no nos llama demasiado la atención que se usen nuestros datos para campañas publicitarias o políticas. Eso ocurre a diario. La contrario Facebook nos da una posibilidad nueva y fiable: nosotros podemos atestiguar, incluso con imágenes, qué hacemos y dónde estamos. Así no dependemos de lo que vayan desperdigando por ahí nuestros compañeros, vecinos o supuestos amigos que muchas veces ofrecen una información sesgada que es solo una aproximación de la realidad. Con esa y otras redes sociales y un buen selfie queda claro donde hemos estado, que hemos desayunado, a qué concierto hemos asistido y en compañía de quien. Y, por supuesto, con el mal talante del que hemos hecho gala históricamente, ese punto de mala leche que tanto sorprende fuera de aquí, lo mismo nos cruzamos delante de una reina para evitar una buena toma gráfica de abuelos y nietos que celebramos por todo lo alto, muchos años después, la voladura del coche de Carrero Blanco con el almirante en su interior.

Lástima que Cristina Cifuentes no se haya hecho una foto defendiendo su supuesto trabajo fin de carrera en compañía de sus compañeros de clase que, por otra parte, nunca la vieron en el aula. De hecho si no hay imagen lo más probable es que tampoco haya trabajo, pero eso no lo logrará averiguar ninguna comisión de investigación, porque es norma que en ella se confunda más que se aclare lo que se persigue. De lo que nunca nos convencerá Cifuentes es de que no hay enchufismo, cuando es necesario hasta para matricularse en un colegio de secundaria. Lo españoles pueden hacer la vista gorda porque han sobrevivido así durante siglos pero saben de sobra lo que hay.

Porque este es el país del cotilleo. Una de las grandes cadenas de televisión dedica el día entero a eso precisamente: a ver qué critican de los demás y si son famosillos, mejor. Y las demás no le van a la zaga. Los programas más vistos, fútbol aparte, se refieren básicamente a desvelar los asuntos particulares de quienes cuentan con pelos y señales sus andanzas sin el más mínimo decoro, ni una prudencia elemental.

Lo grave es cuando esa receta se aplica a casos de de violencia estremecedora como la del pescaíto Gabriel. Entonces la España negra y funesta se regodea hasta el infinito en la desgracia ajena sin reparar en el daño adyacente. Porque aquí todo está expuesto en la plaza pública, no hay nada privado. No existen los asesinos en serie porque siempre hay quien observa lo que ocurre desde detrás de una cortina.

Porque España se gobierna desde las entrañas. La razón y el pensamiento sosegado solo progresan en ámbitos raros, antes universitarios, con personajes a contracorriente como Miguel de Unamuno. Por eso los debates y los conflictos son tan a flor de piel, tan elementales, tan destructivos. Y en ese reino Facebook y las redes sociales son dioses que todo lo permiten sin enmienda alguna.

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