El PP se quema a lo bonzo


Asistir en vivo y en directo al suicidio de una formación política resulta una experiencia fascinante y a la vez incomprensible. Pero lo cierto es que la perseverancia y la tenacidad con la que el PP se está aplicando a esa tarea de autodemolición amenaza, si nadie lo remedia -y el arroz empieza a pasarse-, con llevar a la irrelevancia a un partido con cuatro décadas de historia, que ha gobernado España durante 15 años y ha llegado a ser una de las formaciones con más afiliados de Europa. Solo como un suicidio puede calificarse, desde luego, la forma en la que el PP ha abordado el escándalo del máster fake de Cristina Cifuentes. Las evidencias sobre las irregularidades en la obtención de ese título eran tan grandes, y las explicaciones de la presidenta madrileña tan peregrinas e inverosímiles, que solo cabía actuar rápido para minimizar los daños, organizar una salida digna a Cifuentes y salvar la joya de la corona que supone para el PP la Comunidad de Madrid. Y más, cuando los populares tenían ya noticias de que a otros relevantes dirigentes del partido, como Pablo Casado, les habían regalado presuntamente el mismo máster.

En lugar de ello, a la que en teoría es la encargada de apagar el fuego, la secretaria general, María Dolores de Cospedal, solo se le ocurrió acusar a los responsables de esa información de desear la muerte de Cifuentes. Y ya en el colmo del disparate, con el escándalo ya judicializado, y en contra del criterio de muchos de sus líderes, la dirección del PP convirtió su convención nacional en un acto de exaltación a una presidenta madrileña que estaba ya desahuciada, comprometiendo así al propio Mariano Rajoy, a cuyo cuello se abrazaba Cifuentes como un náufrago a un tablón. Qué pretendían los populares con esa loca estrategia es un misterio insondable.

El despropósito es aún mayor si se tiene en cuenta que Ciudadanos estaba aterrado ante su propia responsabilidad y buscaba ganar tiempo con una comisión de investigación para no tener que retratarse. Pero ha sido el propio PP, plegándose a la desfachatez irresponsable de Cifuentes, el que ha cerrado todas las salidas a los de Rivera, obligándoles a exigir la dimisión de la presidenta madrileña. Más que suicidarse, lo que han hecho los populares en este asunto es quemarse a lo bonzo. Esa infinita torpeza de aplazar lo inevitable y alargar la agonía, multiplicando así el daño autoinfligido, empieza a ser norma en el PP, que ya la practicó en los casos de Luis Bárcenas, Francisco Camps, José Manuel Soria, Ana Mato, Rita Barberá o Pedro Antonio Sánchez. Asuntos que nada tienen que ver entre sí, pero cuyo final estaba cantado.

Cifuentes es un cadáver político. El amnésico Casado, que no recuerda si fue a clase para obtener su máster, puede serlo pronto. Pero, más allá de ello, el caso es quizá un último aviso para el PP, cuyo lento suicidio y su terca negativa a entender que la sociedad española ya no pasa ni una está entregando a Ciudadanos un liderazgo político que, tal y como ha demostrado su titubeante proceder en esta crisis, le viene todavía muy grande.

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