La presidenta zombi y el partido romo

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El Gobierno del PP hizo muchos milagros, como recuerda el presidente Rajoy en cada discurso que pronuncia. Hizo el milagro de librarnos del rescate, de librarnos de la crisis, de librarnos de los socialistas e incluso, aunque esto es menos creíble, de librarnos de Puigdemont. El milagro que todavía no pudo hacer, aunque lo intentó siempre, ha sido el de resucitar a los muertos. Ni siquiera a los muertos políticos. Y si Rajoy no lo consigue, es que a esos difuntos no hay cristiano que los resucite. Y así, aunque parezca que tienen vida, son zombis -antes, almas en pena, en nuestra tierra- que se cuelan en las convenciones en busca de una oración que los libere y les permita el descanso eterno.

Es el caso de una señora muy nombrada estos días y a la que ilustres plumas como la de Luís Pousa daban este sábado por fenecida, mientras los asistentes a la convención de Sevilla la aplaudían como si todos ellos fuesen diputados. No se sabe si la vitoreaban porque ahora se lleva mucho aplaudir en los entierros, si era para hacer más dulce su despedida o si realmente pensaban que estaba viva. La única verdad es que quienes en Sevilla le querían salvar la silla ahora en Madrid la mantienen con respiración asistida. Yo, después de haber proclamado aquí que la señora resiste como nadie, empiezo a sentir pena por su agonía y tengo ganas de pedir a la providencia del Partido Popular que le permita una defunción digna.

Es que mire usted, señor presidente: cada día que la señora sigue en su puesto es un día en que ella y su equipo hablan y proclaman lo bien que hizo el máster, y puede haber gente que la llame mentirosa, calificativo poco honorable para quien se dedica a la cosa pública. Es que cada día que pasa aparece un ingrediente nuevo en forma de director del máster que confiesa que le ordenaron reconstruir el acta o de rector que no tiene constancia de defensa presencial del trabajo final, o se descubre al profesor que lo denunció todo, y el PP lo quiere transformar en agente maligno -psicópata, llegaron a decir- de una conspiración socialista-masónica que ya no cuela.

Así que en esa agonía lo más procedente es desconectar la máquina. Ciudadanos les ofrece la salida ya practicada en Murcia, que es sacrificar al presidente regional, pero conservando el Gobierno en manos del PP con otro nombre del mismo partido. No es mala oferta de Albert Rivera, sobre todo después de verse insultado y menospreciado como se vio en Sevilla. Si hubieran adoptado esa solución desde el principio, se habrían evitado el sufrimiento de Cristina, la mala imagen del partido y el emponzoñamiento general. Pero no aprenden: todavía ayer decían que es precipitado pedir la dimisión.

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