La epidemia de titulitis


Cristina Cifuentes, que es mucho más perspicaz que cualquiera de nosotros y conoce como nadie el PP, supo que estaba acabada en el mismo momento en el que recibía la sonora y prolongada ovación de sus compañeros de partido en la convención de Sevilla. Esa muestra de afecto es la que utilizan los conservadores para transitar en solo minutos de «cuenta con todo mi respaldo y el del partido» a «esa señora de la que usted me habla». Y la presidenta madrileña está ya en esa fase de despedida gloriosa que es como se despide a los grandes fracasados; por ejemplo, a los atletas que se dan de morros contra la pista un metro antes de la meta.

El día en que Pablo Casado reciba una ovación como la de Cifuentes sabrá que también ha caducado. De momento superó el primer envite al presentar en 24 horas lo que su compañera no fue capaz de mostrar en 25 días. Eso sí, con la salvedad de que por convalidaciones misteriosas, únicamente cursó cuatro de las veintidós asignaturas. Suerte que tienen algunos.

¿Y todo esto, por qué? ¿Por qué esa necesidad de hacer incluso másteres ajenos a la profesión que se desempeña? ¿Qué necesidad tenía la presidenta madrileña de lucir un máster falsificado que acabó con su carrera política? Pues por una obsesión enfermiza, que a muchos nos resulta difícil de comprender, de intentar ser lo que no se es. Un rosario de másteres, títulos, cursos y diplomas para adornar un mísero currículo es lo único que les interesa. Falsificar la realidad y crear una paralela, que es lo que muchos de ellos hacen con gran acierto a diario desde los cargos que desempeñan.

En este país hay empresarios de éxito que difícilmente escribirían con corrección un folio. Hubo ministros, que no hicieron mala gestión, sin tener méritos académicos. Y frente a ellos hay quienes padecen la epidemia de la titulitis, que se ha hecho crónica y se pasan la vida empeñados en agrandar su currículo. De esto son responsables ellos, las universidades que promueven este tipo de galardones y la propia sociedad. Porque de un tiempo a esta parte parece que si no puedes lucir un máster, aunque sea en aspectos genéticos del color del pelo de la chinchilla brevicaudata, no eres nadie. Lo que prima es la titulitis y no el conocimiento. Porque de conocimientos, justitos.

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