Malo es mentir, pero peor es robar

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Para cuando ustedes lean estas líneas, es muy probable que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, haya tirado ya la toalla. Y, si no es así, al menos tendrá claro que lo suyo no tiene remedio. Más temprano que tarde, emprenderá el camino murciano: «Soy inocente, pero renuncio para no perjudicar a mi partido». Y lo hará, en contra de lo que sus próximos aseguraban ayer, sin que Rajoy se lo pida expresa y públicamente. Bastará con que el líder del PP repita en España lo que dijo en Argentina: que el tema debe resolverse «a la mayor celeridad posible y con el mayor sentido común posible». Game over. Aunque lo que le pide el cuerpo a Rajoy es que se consume la moción de censura presentada por el PSOE para obligar a Ciudadanos a formar equipo con Podemos y con los socialistas, y reforzar así su tesis de que en España solo cabe elegir entre él o una amalgama de «parlanchines», Madrid es mucha comunidad como para jugársela con semejante machada.

Cifuentes es por tanto historia. Y así debe ser, no solo porque ha obtenido un máster de forma presuntamente irregular, sino porque ha mentido a los ciudadanos para tratar de ocultarlo. Afortunadamente, después de décadas de laxa tolerancia, el listón de la sociedad española está ya así de alto. Contrasta por ello de manera brutal la exigencia máxima que el líder del PSOE, Pedro Sánchez, aplica con razón a la presidenta madrileña por falsear su currículo -y su petición de que Rajoy la destituya-, con la condescendencia servil y la ausencia de reproches con la que trata al expresidente del PSOE y de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, máximo responsable de uno de los mayores casos de prevaricación y malversación de caudales públicos de la historia de España, que ayer se sentaba en el banquillo con una petición de seis años de cárcel y 30 de inhabilitación. Y que tuvo además la desfachatez de tachar ante el juez de «insignificante» la partida del Presupuesto andaluz que permitió defraudar 741 millones de euros. «Espero y deseo que se haga justicia y que tenga la mejor de las defensas posibles». Eso es todo lo que fue capaz de decir ayer Sánchez respecto al protagonista de semejante latrocinio. Hay que recordar que ni Sánchez ni ningún otro dirigente del PSOE exigió jamás la dimisión en público a Griñán ni a Manuel Chaves, acusado también de prevaricación en este caso, y que estos renunciaron a sus cargos cuando y como les vino en gana, después, eso sí, de que Sánchez, Susana Díaz y Felipe González defendieran su «honradez» pese a estar ya imputados por gravísimos delitos. Pedro Sánchez debería saber que malo es mentir, pero mucho peor es robar.

Y sorprende también que uno de los que más levante la voz contra Cifuentes y su máster, y que aspira incluso a sucederla, sea Íñigo Errejón, que fue inhabilitado por la Universidad de Málaga por cobrar una beca de 1.800 euros al mes sin ir a trabajar a ese centro docente y contratado por un compañero de Podemos. La esencia de la inmoralidad es hacer una excepción de uno mismo, dijo Jane Adams.

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Malo es mentir, pero peor es robar