Máster de la rotonda


Redaccion

Tomé algunas de primeras clases de conducir de mano de una persona con la que se hacía agradable el acompasarse a las rutinas de los pedales de freno y acelerador, junto a la palanca de cambios, porque preguntaba si no te importaba escuchar reggae mientras tanto. Pasamos muchas horas juntos dando volantazos por la ciudad y con el tiempo entre el intimar y el desgaste de las conversaciones llegó a contarme algo de su vida, una de esas biografía que son devastadoras en los primeros párrafos, de una infancia marcada por el maltrato en una situación muy precaria. El carnet de conducir que poseía había sido el logro que le permitió escapar y establecer una vida estable. Desde un amanecer de huídas en el descampado llegó aquel hombre que me instaba a cumplir con precisión el mandato de las señales viarias y los límites de velocidad, con la mente también en los que circulaban a mi lado y los pasajeros de mi vehículo. Llevaba con orgullo los permisos B y C como sus estudios.

El escándalo de la falsificación de títulos de la presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes; el caso de un Pablo Casado que acumula diplomas alérgicos a los exámenes, por comparecencias de unos días y trabajos de folios que no superen las decenas, conmueve más porque es una puñalada a los afanes por la igualdad. Con estudios o sin ellos el trabajo ha cargado con el peso más severo de la crisis; el paro es un látigo que se padece en la espalda pero también se empuña con la mano. El salto ya del primer puñado de generaciones a la Universidad en la historia de España se ha topado con que lo ganado por unos hincando el codo se lo certificaron a otros extendiendo las palmas con sus cincos dedos. Que esas generaciones se formaran así fue también fruto de un esfuerzo colectivo que no siempre ha recibido recompensa, y hemos visto cómo mucha gente con talento está rindiendo ahora los resultados de ese sacrificio en otro lugar, porque no han encontrado oportunidades aquí. No se sostiene que ningún cargo público pueda seguir al frente de su atril o en la silla que ocupen sus posaderas con el carrito del helado ahí estrellado; no puede ser que mientras unos aprietan los dientes o cogen el camino de la frontera hay otros que pretendan que asumir la menor responsabilidad no va con ellos.

Mi profesor de autoescuela me enseñó a entrar y salir con prudencia en las rotondas, respetando la preferencia de los carriles; porque para andar por ahí montado en unas toneladas de metal a velocidades altas hay que respetar unas normas que no son un capricho ni una puñeta arbitraria si no que tienen el propósito de minimizar en lo posible un accidente. Claro que tantos días después y con tantos volantazos acumulados ya, es evidente que en las rotondas y fuera de ellas, sigue habiendo gente que entra y sale a placer por ese pequeño círculo central, como si los surcos fueran su telaraña; y que arrollan a su paso a todo aquel que sigue el trazado prescrito, el que circula por el exterior para respetar grado a grado el contorno trabajoso y largo de la circunferencia.   

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