ETA no pide perdón; lo quiere para sí misma


Ante el comunicado de ETA, espero que sea el penúltimo, caben dos posibilidades. Una, alegrarse de que esa banda criminal que regó España de cadáveres esté dispuesta a desaparecer totalmente y no quedar siquiera como una sigla que se consideró con derecho a decidir sobre el pueblo vasco. Es una posición legítima, pero cómoda y acrítica. La segunda, analizar ese papel con la distancia que merece, pero también desde los criterios morales mínimos que exige la sociedad.

Desde esta última posición escribo. El contenido de ese comunicado no es de quienes disparaban en la nuca o accionaban coches bomba o celebraban después sus atentados. Es de otras personas, dicen que los mediadores extranjeros, que buscan un cierre decente, incluso honorable, a medio siglo de asesinatos, de horror, de extorsión y de privación de la elemental libertad de andar tranquilamente por la calle. Pretenden que sea ETA la que diga la última palabra sobre su disolución, como si dejar de matar fuese un producto de su magnánima voluntad, un servicio que le hacen al pueblo vasco, y no una victoria de las leyes y de quienes las hacen cumplir.

Esa intención, evidente cuando parece justificarse con el bombardeo de Guernica, contamina el conjunto de su documento. Lo hace leer con prevención, y la prueba es que solo ha complacido plenamente a Bildu, es decir, a sus propios sucesores. Ninguna otra fuerza política lo aplaudió en su integridad. Y es por eso: porque está contaminado; porque iguala la responsabilidad del criminal y la responsabilidad de quien puso las víctimas; porque iguala también al que hemos tenido que enterrar y al que, por haberlo matado, «se ha visto obligado a huir al extranjero»; porque tiene más intención publicitaria que de esa reconciliación que invoca; porque viene a darles un barniz pacífico a quienes heredaron sus ideas y objetivos para dejarlos limpios ante las próximas elecciones y, sobre todo, porque hace una indecente división de las víctimas y pide perdón a unas y solo respeta a las demás. ¿En cuál de los dos bandos estará Ernest Lluch, que propiciaba el diálogo con los terroristas, y fueron a por él? ¿Y los muertos de Hipercor? ¿Y los niños del cuartel de la Guardia Civil de Vich? ¿Y el matrimonio Becerril de Sevilla? ¿Y el modestísimo guardia civil o el policía armado al que mataron por el delito de vestir uniforme? Sus muertes no fueron «daños colaterales». Fueron asesinatos premeditados.

No. La ETA que escribió ese papel no se arrepiente de nada. Anuncia que anunciará su disolución porque, por perder, ha perdido hasta la razón de la existencia de sus siglas, que es lo único que le queda. Y, si pide perdón a algunas víctimas, es para que le perdonemos a ella.

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