Que no le confunda el título. Porque Good Bye, ETA!, bien traducido al gallego, quiere decir «Que o demo te leve, ETA, e non foi sen tempo!». ETA era, y aún es, una banda de asesinos que duró sesenta años, y que, aunque tuvo irresponsables apoyos y comprensiones, fue perseguida por las fuerzas del orden, y castigada por los jueces, hasta verse forzada a parar y disolverse, para no ser exterminada como las alimañas hidrofóbicas. Por eso es conveniente que contemos la historia de ETA en su tosca y brutal realidad, sin que se nos cuele la falsa historia de un «conflicto» que convierte a los asesinos en gudaris, y sin que sigamos insistiendo con estéril engolamiento en que «ETA fue derrotada por el Estado de derecho», porque nuestro Estado no hizo ninguna guerra, y se limitó a perseguir asesinos, aunque para eso tuvo que poner sobre la mesa los muertos que dicha tarea exigió. Por eso espero que empecemos llamarle a las cosas por su nombre, y, en contra de lo que muchos proponen, guardemos este prolongado suceso en el archivo de las memorias congeladas.

Lo que sí debemos recordar es que ETA solo pudo ser destruida cuando alguien, en contra de las progresistas reflexiones de la opinión publicada, tomó la dura y certera decisión de no ceder ni un ápice a los chantajes seudopolíticos de la banda, de no aumentar ni un ápice el potencial de chantaje que le daban sus bombas y sus pistolas, de soportar impasibles la monserga del «movimiento de liberación» con la que se referían al tema algunos amigos europeos, y de aguantar a pie firme, con la ley en la mano y las lágrimas en los ojos, hasta que uno a uno fuesen detenidos, juzgados y enjaulados.

También debemos recordar cuántas veces cometimos el estúpido error de pedirles a los Gobiernos -¡también en esto!- que hiciesen política y no se confiasen solo a la policía y a los jueces. Cuántas torpezas se cometieron para abrir negociaciones que fracasaron o atender a intermediarios de pacotilla. Y cuántos crímenes se indujeron para perseguir a los asesinos al margen de la ley, sin darnos cuenta de que todo eso aumentaba el dolor de las víctimas y toda la sociedad. Incluso yo -que Dios me perdone- llegué a escribir un día que, aunque el acorralamiento de ETA debía hacerse mediante la ley y las armas legítimas, su final -¡por puente de plata!- tendría que ser inevitablemente negociado. De lo cual me arrepiento, públicamente, como también lo hizo ayer -honradamente- la Iglesia católica.

Y no estaría de más que, antes de meter todo esto en el baúl de los olvidos, recordemos que gran parte de la sociedad española contribuyó al éxito inicial de ETA cuando, creyendo que el fin justificaba los medios, vio con simpatía los atentados de ETA contra el último franquismo. Porque nunca es tarde para aprender que, cada vez que se entra a trollo por las fincas, pisando los sembrados, llueven dolores e injusticias sobre la paz de los pueblos.

Valora este artículo

1 votos
Comentarios

Good Bye, ETA!