Internacionalista en la nación de naciones


Hubo un tiempo que le preguntaban a algunos periodistas cuál sería la noticia que les gustaría escribir y decían «el final de ETA». Era un poco como el deseo de la paz mundial de las contendientes en Miss Universo. Y aquí estamos, tantos años después con el comunicado final de la banda terrorista pasando casi inadvertido, pidiendo perdón como perdonándonos la vida, en la más absoluta irrelevancia, todo ese camino de dolor y odio para nada. Porque al final, la derrota es tener que admitir lo que se dijo durante décadas, que sin violencia se puede defender casi cualquier argumento, que quizá su único argumento era la violencia. Y así sin ella queda más claro aún lo estériles que fueron sus crímenes.

De ese camino sin salida nos han quedado también normas y tribunales que juzgan como terrorismo asuntos que difícilmente se pueden calificar así; hay también una pulsión conservadora en un sector reaccionario de opinión que lamenta esa ausencia, la echa de menos a veces porque para ellos las víctimas nunca han sido un fin sino un instrumento al que sacar rédito electoral si cuadra. Lo hemos visto con desastrosos resultados para la convivencia y la confianza en las instituciones. El paso del tiempo también ha trastornado el papel que los dos nacionalismos más pujantes de la península juegan en su relación con el centralismo. Hoy son anatema los independentistas catalanes mientras el PNV se dispone a aprobar por segunda vez los presupuestos generales del Estado a un PP en minoría que entre fuertes golpes de pecho y alharacas sobre las virtudes de la uniformidad y la unión va a entregar regalado a una comunidad concreta un beneficio superlativo en su financiación frente al resto. Hay aquí una enorme hipocresía de la carcundia centrípeta pero no menor lo es la de unos jeltzales que tienen que jugar a la vez la carta de que la aplicación del artículo 155 les resulta intolerable y la de que en realidad les importa un bledo. Probablemente pese a las bravatas en el PNV quizá mucho el feo que Puigdemont le hizo a Urkullu en octubre cuando le dejó colgado después de haber mediado para adelantar las elecciones en Cataluña.

También aprobará el presupuesto Ciudadanos cuyo jabobinismo seguramente sea tan sincero como su propósito de regenerar la vida pública, o sea muy escaso o nulo. En Madrid el PSOE empezó bien planteando una moción de censura a Cifuentes como es debido pero demostró que le falta mucho rumbo cuando se deslizó que hubieran tentado a Carmena para la alcaldía, pocas ideas y nada claras. Con IU de sucursal, en Podemos volvieron a demostrar esta semana que a la hora de verdad son como el escorpión del cuento de la rana que quería cruzar el río y está en su naturaleza una especie de autodestrucción o afán por boicotear cualquier intento de construir una alternativa a los conservadores. Sin ninguna esperanza en el medio plazo sólo nos queda apelar al sentimiento de decencia que tenga cada uno individualmente. Y en si esta es una nación de naciones, seamos internacionalistas de ella al menos.   

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