Caras de Dura Lex


Hay barullo de trituradoras de documentos, que engullen toneladas de papeles estos días en Madrid, por si hay que saltar de pronto por la borda con una cuerda atada a Cifuentes. Madrid y su gobierno regional son desde hace años un remake de la Marbella gilita, pero más cargada de bombo. Es tan larga la ristra de chorizos y pícaros enganchados unos a otros que va a acabar en el trullo hasta el matarife, en sentido figurado, claro. El problema de estos culebrones es empezar, hincarle el diente a lo que todo el mundo estaba viendo y de lo que todo el mundo hablaba con elipsis. Una elipsis viene a ser una mentira cochina con pajarita. Alguien ha matado a alguien por ahí, como decía el genial Gila. Ristras de chorizos de marca o perroneros las hay en todos lados, dígame su comunidad y podría citar al menos dos autóctonas que, por supuesto, no diré y que no tienen nada que ver con la excelente industria cárnica.

Lo que uno se pregunta es por qué unos jueces entran a saco y otros silban alegremente en un mundo que parece una canción de los Beatles. Cierto que convivir con la chacinería hace mucho. Uno se toma un vino con el poder local -político o fáctico-, comparte la inauguración de un museo, palmea al unísono la marcha Radetzky en un palco..., es que Strauss une un montón. Al final intuye que tendrá que mirar a la cara al presunto embutido y espetarle un par de artículos dura lex que contengan palabronas tan gruesas como malversación o prevaricación, las dos primas hermanas bulímicas del código penal. Otra cosa es quién las pone a dieta luego y las deja como sílfides. Algunos vergonzosos fiscales también se travisten de abogados defensores descaradamente, y todos sabemos en quién estoy pensando.

Hay que estar en la pomada, esa que da la inmunidad, el escudo de neutrones contra el detector de chanchullos. Para el resto de mortales la lex sí que es dura lex; para quien no chatea en los lugares apropiados o moscacojonea demasiado o simplemente es un personaje montonero, la Justicia es de verdad ciega como un topo, inflexible como una tabla coránica, implacable como Montoro. Paga y calla. Peor es tener la escarlatina, como le dice un personaje de Hergé a Haddock en un momento memorable. Una voz se pierde en la lejanía: «A por ellos, oé...».

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