No desenfundes si no vas a disparar

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Dice el dicho popular, y dice bien, que nunca se debe desenfundar una pistola si no se está dispuesto a disparar con ella. Cuando uno esgrime un arma como elemento de defensa frente a una agresión externa, pero en el momento de ser atacado es incapaz de utilizarla, la cosa suele acabar mal. El agresor percibe el miedo y se envalentona porque se siente impune. Si trasladamos este ejemplo a la política, tampoco se debería desenfundar nunca un arma administrativa o jurídica frente a quien amenaza con violar la ley si cuando se consuma el desafío uno se asusta ante los efectos políticos que pueda tener la aplicación estricta de la Constitución. La consecuencia de esa actitud pusilánime es que quien pisotea la ley, lejos de enmendar su actitud, redobla su desafío. Eso es lo que está sucediendo en España con el golpe independentista en Cataluña. Los golpistas están cada día más envalentonados -bien es cierto que ayudados por la desfachatez de un juez alemán-, mientras muchos constitucionalistas parecen abrumados de que se haya llegado tan lejos en la respuesta política y judicial, con la autonomía suspendida y los líderes del procés encarcelados. Empieza a percibirse que algunos de los que reclamaron que se aplicara toda la fuerza del Estado de derecho compran ya el discurso victimista de quienes ignoraron todos los avisos sobre las consecuencias que tendría para ellos seguir adelante con sus planes. El secesionismo gana el relato. «Se nos ha ido de las manos» o «a lo mejor nos estamos pasando» es ya un discurso recurrente en cierta opinión pública y publicada cuando se actúa contra la violencia callejera secesionista o la apología golpista.

El mismo Felipe González para quien el desafío secesionista catalán era lo más grave que ha ocurrido en España «en los últimos 40 años» se convierte ahora en defensor de los independentistas presos, niega el delito de rebelión y aboga por liberarlos. El también socialista Miquel Iceta no solo los quiere en la calle, sino indultados. Hasta el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, les exculpa del delito de malversación. Tampoco es un secreto que al propio Mariano Rajoy también le incomoda la prisión preventiva de los cabecillas del procés y hubiera preferido que el juez Llarena los excarcelara, porque así habría sido más sencillo pasar página, normalizar la vida política en Cataluña, formar Gobierno autonómico y, ya de paso, aprobar sus Presupuestos.

El Gobierno y los grupos del Parlamento catalán, incluido Ciudadanos, han renunciado a recurrir ante el Constitucional el que se haya otorgado a Carles Puigdemont y Toni Comín la condición de diputados pese a no prometer el cargo de manera presencial y estar huidos de la justicia. Y nadie parece dispuesto a impedir que TV3 siga siendo un órgano de propaganda del golpismo y de señalamiento de los desafectos al procés. El independentismo percibe vértigo y miedo a utilizar las armas democráticas del Estado de derecho entre quienes las desenfundaron contra ellos. Por eso se ríe y sigue adelante.

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