Cuando la política prostituye a las letras

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Alguna vez acudí al Sant Jordi de Barcelona y debo confesar que me impresionó. Las calles llenas de gente con su libro y su rosa en la mano son un espectáculo emocionante. Las filas de personas que hacen cola para que los autores les firmen libros reconfortan a quienes conocemos las estadísticas de índices de lectura en España. Por encima de esos detalles, una palabra define o definió los Sant Jordi que he conocido y vivido: la convivencia. Una convivencia cívica, cordial, apolítica, donde firmábamos igual quienes escribimos en castellano que quienes escriben en catalán y nadie te preguntaba de dónde venías. Esa era la Barcelona abierta y cosmopolita. Este año el Sant Jordi se comenzó con una expectativa politizada: gran parte de los medios informativos saludaron la fecha con el aviso de que era un «Sant Jordi bajo el 155 y sin govern», «sin president» matizaban algunos, como si los señores Puigdemont, Sánchez o Turull se distinguieran por su contribución a la riqueza literaria del país, o como si al menos estuviese demostrado que son lectores habituales de libros. Pero es que el lamento no iba de eso, claro. El lamento, incluso fuera de Cataluña, iba del problema político planteado y de la facilidad con que enganchan los mensajes del conflicto: si se anunciase la presencia de media docena de premios Nobel, el mensaje no tendría tanta eficacia.

Después se cambiaron también las perspectivas: los informativos de las televisiones se fijaron a mediodía más en los políticos -naturalmente independentistas- y en sus gestos que en los escritores y sus obras. Se buscaron más las rosas amarillas que llevaban los líderes de la secesión que los libros que triunfaban en las casetas. Y gracias a esa distorsión informativa, hemos visto más diputados en la calle, naturalmente buscando las cámaras, que en toda la legislatura. Felizmente el pueblo llano llevaba libros y rosas rojas, aunque les pusieran envoltorios amarillos.

Y felizmente también, esos políticos secuestradores de la cultura no tenían ningún libro que firmar. Digo secuestradores, porque la política intentó secuestrar el gran Día del Libro. Lo intentó prostituir con una intromisión descarada y oportunista para robarle protagonismo. Se intentó convertir un acontecimiento cívico y cultural en una jornada propagandística. Y por si faltase algo, Ada Colau puso su acento provinciano al celebrar que acudiesen a su ciudad «autores de otros puntos del Estado», señal de que no vivió un Sant Jordi en su vida. Si no hubiese autores de «otros puntos del Estado», el Sant Jordi sencillamente no existiría. Sería una celebración local absolutamente digna, pero encerrada en su localismo. Como la República que quieren construir.

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