Cifuentes, Puigdemont


Cifuentes (Cristina) es la Marca España Citerior. Puigdemont (Carlos), la Marca España Ulterior. La primera es el estandarte de una banda de cuatreros. El segundo, de un apéndice del Ku Klux Klan. O sea, nada por lo que escandalizarse. Es una constante en los últimos 13.000 años.

La Marca Europa, la Marca América, la Marca Asia, la Marca África y la Marca Oceanía tienen exacta y escrupulosamente la misma marca. El hombre está marcado por la sordidez perfecta. Nos lo dijo Hesíodo hace mucho, mucho tiempo, en su «Teogonía»: hemos caído tan bajo que no salimos de la Edad de Hierro. Antes, estábamos en la de Oro: eternos, y jóvenes, y morales. Ofendimos a los olímpicos (el fuego robado por Prometeo) y nos enviaron todos los males (el ánfora de Pandora).

Este mito griego trata de rebajar nuestra culpa por el deslizamiento hacia el Infierno. En vano. El hombre tiene una dimensión superlativa: el mal infinito. No es fatuo, propio de gente corriente, que Cifuentes tratase de hurtar dos tarros de cremas para simular las huellas del tiempo. Porque cualquier cosa que a una persona se le pase por la mente, puede materializarla. Puigdemont piensa que «el Sol sale de su culo» (capítulo 1 de la primera temporada de Shameless, versión británica), y realmente su culo es venerado en Cataluña. El Sol estuvo en el principio de las antiguas civilizaciones, y de él partieron las religiones hoy triunfantes, incluida la cristiana.

Los ojos de los catalanes eyectan odio hacían quienes no veneran el culo-Sol de Puigdemont, igual que los ojos de los yihadistas hacia quienes no comulgan con la versión de su culo-Sol coránico, o los de los ultras católicos con su culo-Sol bíblico, o los de los asquerosos adinerados con su culo-Sol monetario. El Sol y el culo (su cara no oculta) guardan una proverbial semejanza geométrica con otro cuerpo «celeste»: la cabeza.

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