El día que hice aeróbic


Hace años escribí un chiste lamentable en Twitter en el que uno de los protagonistas habla de Eva Nasarre. El chiste era tan malo que hasta me dio un poquito de vergüenza y todo. Lo dejé macerar un poco mientras decidía si debía borrarlo o dejarlo ahí como muestra tangible de mi mediocridad y apagué el ordenador. Al cabo de unas horas, al volver a mirar mi cuenta, vi que había aparecido gente en mis menciones que me pedía con muchos humos que borrara el tuit. Incluso los hubo que se lo enlazaron a la cuenta de la Policía Nacional como si desde allí fueran a mandar una patrulla a mi casa. Además, me informaban de que la señora Nasarre es gran dependiente, motivo por el cual no podía de ninguna de las maneras faltarle al respeto así.

El caso es que en el tuit no hay nada ofensivo contra la señora Nasarre. Su aparición en él vino más bien por el hecho de que unos días antes me había tocado imitarla en casa de un amigo durante una partida de un juego de mesa. Esa fue, de hecho, la primera y única vez en toda mi vida que he hecho algo remotamente parecido al aeróbic. Además, en el momento de escribir el chiste, por no saber ni sabía si la señora Nasarre estaba viva. El asunto se fue totalmente de las manos entre bromas y personas muy indignadas con el trato denigrante que según ellos había dado a la mujer, y pasé varios días recibiendo extrañas contestaciones de gente anodina advirtiéndome sobre la inmoralidad de mis palabras. Creo recordar que hasta fue Trending Topic aquel asunto. Esta fue la manera en la que descubrí que cualquier cosa que escribas puede ofender a alguien, y que esa ofensa tiene en demasiadas ocasiones más que ver con las capacidades intelectuales de cada ofendido o incluso con la simple maldad del mismo, que con lo que uno escriba.

En el juego de la libertad de expresión, cualquier cosa que digas puede ser criticada o contestada. Es infantil pensar que esto debería ser de otra forma. Aunque los argumentos en contra sean llamarte «pollavieja» o decirte «pavo, cállate», aunque la queja o la crítica a una opinión tenga nivel de adolescente indignación y la indignación dure lo que dura una paja, todo puede ser criticado. Incluso se puede criticar que se use como argumento mandar callar o la edad del pene de uno, aunque sea de general conocimiento que lo que a algunos les cuelga será eternamente joven y en el futuro sus esqueletos lucirán unos atributos por los que no han pasado los años: el cuerpo de Ramsés II y el miembro de Ron Jeremy.

Es poco probable que los fans de Eva Nasarre logren que borre el tuit (además, hay una copia del mismo en papel, enmarcada y con mi autógrafo, ya es inmortal), pero sí que es posible que ante otro tipo de acusaciones surgidas a raíz de un tuit la gente se ponga de perfil o directamente de frente, pues nadie quiere ser señalado como cómplice, es lo que se conoce como espiral del silencio. En esto es en lo que está quedando el activismo en redes sociales y me temo que en cierta medida fuera de ellas: en la simple delación, el matonismo y en una suerte de ideas mal hilvanadas expelidas hacia un grupo acrítico (en realidad, cientos de grupos a veces incompatibles entre sí) dispuesto a que le digan lo que desea escuchar sin que nadie ponga en duda ni por un segundo lo que se está afirmando. Ideas preconcebidas sin sustento alguno o estupideces que solo toleramos a los de nuestra cuerda se convierten en verdades inamovibles y casi religiosas, y como en toda religión, la disidencia y el alejamiento de la ortodoxia convierten a quien disiente en un enemigo y a quien asimila la idea incluso dudando de ella, en uno de los nuestros. La persona que más y mejor grita, la que mejores altavoces mediáticos tiene o la que está en el lado "correcto" es quien lleva la razón, aunque esta no le asista en ningún momento. Esto siempre fue así, pero al menos antes no nos lo vendían como algo muy democrático y espontáneo desde una tribuna a la que cualquiera puede acceder meritoriamente, ni teníamos que sufrir a fans camuflados de luchadores. La infantilización del activismo o la grosera utilización de la cultura popular para hacer pasar por nuevos pensamientos propios de un burgués victoriano son lo moderno, la forma correcta de pensar. Señalar que no hay delito alguno en una relación sexual consentida entre mayores de edad para tenerla exista entre ellos la diferencia de edad que sea, desata incomprensibles furias entre personas con ansias vengadoras, que no justicieras.  Situarse en otro lado es “pollaviejismo”, y así no es necesario pararse a analizar el pensamiento del otro, pues el otro es lo que nosotros queremos que sea. Un violador, un pederasta, el que mató a Manolete. No existe ninguna diferencia sustancial entre los que se ofendieron por el tuit de Eva Nasarre y quienes se ofenden por la crítica a la gurú de turno del movimiento social que sea, cada vez más efímeras, por cierto. La reacción es la misma, salvo que en los primeros hay más estupidez que maldad y salvo que Eva Nasarre realmente sí está luchando por una causa justa ajena a la pueril indignación de las redes sin llevarse un euro, sin que le publiquen libros de dudosa calidad, sin ser entrevistada en prime time, con dolores pero sin Doleras.

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