Los hijos de los guardias civiles


Desde el mes de octubre del 2017 al 23 de abril del 2018 han pasado casi siete meses. Aquel mes de octubre ocurrió algo que fue contado por los periódicos: varios niños, hijos de guardias civiles, fueron increpados por varios profesores en el instituto de El Palau de Sant Andreu de la Barca, Barcelona. Lo que se les dijo es conocido por todos los lectores, porque volvió a ser publicado ayer: se pidió la identificación a los que fuesen hijos de agentes, se le preguntó a uno si estaba contento con lo que había hecho su padre en el referendo y se les habló de los guardias como «perros rabiosos». Cito la fecha del suceso y recuerdo algo de lo dicho, porque en ese tiempo transcurrido nadie movió un dedo: ni siquiera el Gobierno español, gobernante directo de Cataluña por el artículo 155, tuvo un gesto de solidaridad con esos muchachos y sus padres, ni de repulsa por lo acontecido. Y los medios informativos, atrapados en la urgencia de lo diario, también lo hemos archivado, incluso olvidado, de forma tan vergonzante como las autoridades administrativas.

Tuvo que ser la Fiscalía de Barcelona la que silenciosamente investigó los hechos para llegar a la conclusión de que podíamos estar ante un delito de lesión de la dignidad de las personas. Añado yo que quizá también de odio, con el agravante de abuso de autoridad de los profesores. Y pido permiso para pasar de consideraciones jurídicas y quedarme en una calificación humana: si todo se confirma, y sin duda se confirmará en sede judicial, lo ocurrido solo se puede calificar con una palabra: canallada. Pedir que se identifiquen los hijos de los guardias demuestra una intención perversa de marcarlos al estilo nazi. De marcarlos, de humillarlos, de hacerlos culpables ante sus compañeros. Comparar a los agentes con perros rabiosos es usar el lenguaje etarra, que les llamaba txakurras. Preguntarles si estarán contentos con lo que hizo su padre es un intento de acomplejarlos y de provocar enfrentamiento y discordia en el seno de sus familias.

Si todo se confirma, insisto, han herido a la edad de la inocencia. Y, si son nueve los profesores, no puede ser una pura casualidad; es una consigna, una acción concertada. No tengo noticia de que haya ocurrido nunca nada parecido, ni en el País Vasco en las duras campañas contra la Guardia Civil. Todo es un inquietante síntoma de cómo se siembra el odio en el ámbito independentista. Es una alarmante muestra de cómo entienden la educación algunas escuelas, no sabemos cuántas, en Cataluña. Si se llega a ese clima de agresión verbal a los Cuerpos de Seguridad, utilizando para ello a sus hijos, ¿qué no se hará con el adoctrinamiento? ¡Pobres niños, utilizados como armas del rencor!

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