Adiós, Cristina; bochornoso final

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Mira que en este país y en su política hemos visto de todo. Hemos visto a personajes contando billetes de cohechos en un coche. Hemos visto esfumarse millones de euros del erario público. Y financiaciones ilegales. Y comisiones por contratos de obras y servicios. Y dinero negro a raudales. Y expolios de todo tipo. Y enriquecimientos inexplicables. Hasta hemos visto al yerno del rey anterior aplicado afanosamente al provechoso tráfico de influencias. Pero nada ha resultado más hiriente que una señora robando en el supermercado. Creíamos que esos robos eran propios de gente menuda, gamberra, necesitada o cleptómana. Si la señora del súper no era hace siete años menuda, ni gamberra, ni necesitada, hemos de llegar a la triste conclusión de que sufrió un acceso de cleptomanía. Hay quien dice que estuvo en los rumores por esa razón. Hay quien añade que incluso fue espiada para demostrarlo. Y es seguro que alguien guardó la grabación durante esos siete años para sacarla en el momento oportuno.

¿Fuego amigo? ¿Venganza de alguno de sus antecesores en la Comunidad de Madrid? ¿Afán de destruir a quien se presentaba como adalid de la ética? ¿Empujón final para forzarla a dimitir y no ceder el poder de la joya de la corona del PP a la izquierda en una moción de censura? Con todo eso se especula, pero no matemos al mensajero. El caso Cifuentes se cerró con una dimisión precipitada e inevitable; tan inevitable como la resumió el presidente Rajoy en seis cortas palabras: «Hizo lo que tenía que hacer».

Este cronista no se quiere ensañar con la señora Cifuentes: las imágenes, los hechos, ya se ensañan bastante y su figura quedó anulada para la política. En 35 días ha pasado de ser aspirante a la sucesión de Rajoy a ser un desecho de tienta aunque continúe como presidenta regional del PP. Lo que no resiste una mirada es el panorama que deja: una desmoralización de su partido, que no consigue levantar cabeza en la ciénaga de corrupciones a la que Cifuentes añade un penosísimo expediente personal; un golpe demasiado fuerte a un año de las elecciones municipales y autonómicas y con las encuestas rezando responsos por la vieja hegemonía; otro pésimo ejemplo para un país irritado por tanto escándalo; una salpicadura a toda la clase política, que sufre un nuevo zarpazo en su ya decaído prestigio; y una lección profunda: no sirven de nada las estrategias de despacho de esperar que el tiempo lo resuelva todo. A eso jugó Cifuentes con la connivencia de Rajoy. Lo único que resuelve las crisis es la autoridad, la coherencia, los principios y algo que solo pueden medir los protagonistas: dimitir cuando hay que dimitir, sin provocar el bochorno propio y el incalculable daño colateral.

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