Portavoces, no; arreglavoces


Uno de los peores trabajos del mundo en este momento es ser portavoz del Partido Popular o actuar como tal. Es que tiene que dar explicaciones sobre el máster de Cifuentes como si fuese legal, sin que se le escape la risa. Tiene que justificar la dimisión de Cifuentes después de haberla defendido con convencida lealtad. Tiene que hablar sobre el vídeo del súper aparentando que no sabía nada, pero sin quedar como un lelo ni miembro de un partido lelo que no se entera. Y algo peor: tiene que alejar ese vídeo de «las cloacas del PP» sin poner un gesto que lo delate. Tiene que respaldar a Montoro sin molestar al juez Llarena, aunque íntimamente sepa que lo dicho por el ministro sobre malversación de fondos públicos beneficia a Puigdemont en Alemania. Y así, un día y otro día, en cada emisora, en cada rueda de prensa, en cada encuentro con periodistas. Y hay que reconocer que dirigentes como Martínez Maíllo han adquirido una gran maestría. Es como si hubieran hecho un máster sobre el arte de escabullirse en la Universidad Rey Juan Carlos. 

Por si tuvieran pocos asuntos en los que demostrar ese arte, van sus jefes y pactan con el PNV una subida de las pensiones que antes, hace solo unas semanas, habían rechazado. Y ahí sí que demuestran su pericia. Tienen que salvar la cara al tan citado Cristóbal Montoro, porque un día se le ocurrió decir que el IPC como referente de subida de las pensiones estaba anticuado: la labor del portavoz es ingeniárselas para que lo antiguo de ayer vuelva a ser moderno al día siguiente. ¿Y qué decir cuando tienen que hablar del presidente del Gobierno, a quien deben obediencia y lealtad? Eso sí que ya es meritorio. Es como el milagro de convertir el agua en vino. Es coger los besos que antes le había dado a Cifuentes en Sevilla y en Alcalá y convertirlos en una orden de dimisión y que parezcan lo mismo.

Y la prueba definitiva, en las pensiones. Hace nada el señor Rajoy no encontraba un euro para la subida. Su discurso en el Congreso parecía de un gobernante mendigo que no tenía para dar de comer a los pensionistas. O el de un padre que aconsejaba que no gastásemos como el primo Zapatero, porque eso es la ruina para cuando nos hagamos mayores. En esa ocasión el señor presidente hizo un ejercicio contable que daban ganas de renunciar a los dos euros que había subido la pensión para no incurrir en la gravísima responsabilidad de hundir definitivamente a la Seguridad Social. Y llega el pacto con los vascos, y aparece el dinero como por ensalmo. Y los portavoces, sobre todo el señor Maíllo, lo encuentran todo sabio, coherente, digno de grandes hombres de Estado. Sí, merecen un máster de la Universidad Rey Juan Carlos. Y además, gratis total.

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