Nuestro Rubicón


Una noche de enero, Julio César cruzó con sus tropas el río Rubicón provocando una guerra civil que terminaría con la república romana y el comienzo del imperio. El río marcaban una frontera administrativa y era una ilegalidad manifiesta que un general lo cruzara para dirigirse hacia la ciudad eterna sin el permiso del Senado. Julio César, que ya sabemos cómo acabó, tampoco fue el primer emperador de Roma, pues además ese era un pueblo que tenía grabado a fuego en su historia el odio a la monarquía y aunque tuvo emperadores divinizados, con poderes absolutos y arbitrarios, les gustaba guardar las formas como si las instituciones de la república todavía pintaran algo, de los romanos hemos heredado hasta la hipocresía. No fue César, pero por él se llamaron así los zares y los káiseres. Hay algo que sucedió en aquel momento de la historia romana, un cambio de espíritu que favoreció la idea de que era necesario un hombre fuerte, un elegido del destino, un enviado de la providencia que debía hacerse cargo de todo ante la parálisis, la incertidumbre, la inestabilidad general.

También la revolución francesa, casi todas las revoluciones contemporáneas han sufrido el mismo mal, terminaron por devenir en la entrega de todo el poder a un único hombre, de nuevo un señalado por el hado, elegido por el destino, para dirigir al colectivo sin que nadie le pueda toser. No sé cuál será nuestra convención, dónde está nuestro hipotético Rubicón de líneas difuminadas, pero estoy seguro de que lo hemos cruzado ya desde hace poco tiempo. Se huele el hastío, se nota el cansancio y el descontento mientras se jalea la elección del dictador, todavía, tal y como se definía la palabra al principio en Roma, todavía con la ingenua esperanza de que se respetarán las instituciones de la república.

Ha sido y es aún, una crisis económica de dimensiones gigantescas con efectos sobre la desigualdad que durarán al menos una generación. Ha sido también un tiempo gestionado por mediocres a los que no les ha importado minar una a una las instituciones para aguantar un día más en el poder y mañana será otro día. Que perezca el mundo y va pereciendo. En nombre del pueblo, de un movimiento social, se reclama todo el mandato para uno solo. Como vio la reina Amidala de Star Wars, la libertad muere entre un gran aplauso. Pero no ha habido nunca un elegido del destino, ni las estrellas han señalado nunca a nadie, el hado se fija en ninguno, sólo hay gente con la suficiente falta de escrúpulos para llevárselo todo por delante.

Podríamos tomar otro camino, fortalecer el sentido de lo público, el esfuerzo colectivo en bien de la comunidad, una exigencia de sacrificio mayor para aquellos que más tienen en nombre de la equidad. Quisiera creer que la suerte todavía no está echada, pero no sé cuántos pasos hemos dado ya desde la orilla del Rubicón.

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