En todos los sitios cuecen habas. A veces parece mentira que haya cazuelas suficientes para tanto plato. Pero la cantidad no justifica la cocción. Ni en España ni en Estados Unidos. Brock Turner se hizo célebre en California en el 2016. 20 años. Estudiante en Stanford, la universidad en la que está el primer servidor de Google. Campeón de natación. Una perla blanca del campus, una de esas personas para las que la vida extiende la alfombra del futuro. Pero una noche Turner fue arrestado. Había sido retenido por otros dos jóvenes que lo habían visto encima de una mujer que no se movía. Quería dejar atrás aquel cuerpo desnudo que se ocultaba cerca de un contenedor de basura, en plena calle. Ella era una chica que estaba inconsciente debido al alcohol, no recordaba nada. Turner fue condenado a seis meses de prisión por asalto sexual. Salió libre a los noventa días. Así se minimizó el «impacto severo» de la cárcel sobre el acusado que tanto temía el juez (el daño a la víctima ya es otro cantar). «Un alto precio a pagar para veinte minutos de acción», dijo el padre del joven. Es un sistema de medición ciertamente creativo. Tener en consideración cuánto dura la comisión del delito, no sus consecuencias. Le hubiera venido muy bien al francotirador de Las Vegas que mató a 59 personas e hirió a más de quinientas en solo diez minutos. Pese a los argumentos del magistrado y del progenitor, millones de estadounidenses se indignaron con la sentencia. California cambió la ley. Se endureció. Con el nuevo marco legal, Brock Turner no estaría en la calle. No importa que haya gente que siga creyendo que ellos se deben a sus instintos y ellas a su virtud. Se intenta evitar la indulgencia con los «buenos chicos», esos que tienen una vida por delante. Y otra por detrás.

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Buenos chicos