Primero de Mayo, solo un coche escoba


Llevo cuarenta años comentando el Primero de Mayo y tengo la impresión de que al día siguiente, cada 2 de mayo, decae un poco más mi entusiasmo. Es que, quizá con la excepción de Galicia, el número de asistentes desciende. Es que los mensajes de los líderes suenan a muy escuchados. Es que el sindicalismo no está en sus mejores momentos. Es que, pasados tantos años de libertad, las manifestaciones se han convertido en costumbre y no tienen el sexapil de los primeros tiempos. Es que no asustan a los gobiernos porque no acaban de rematar la faena. Y es que este año algunas de las reclamaciones de los sindicatos ya estaban hechas por otros colectivos. 

Ayer a los sindicatos no les quedó más remedio que actuar de coche escoba de estos últimos movimientos sociales en los que, por cierto, las centrales han sido más testigos que promotoras. Los líderes tampoco tuvieron más remedio que asumir las demandas ya expresadas en la calle por la mujer y los jubilados. Y las denuncias de las injusticias de la recuperación económica (salarios de precariedad, irritante y creciente desigualdad, empleo de baja calidad, temporal y a tiempo parcial) fueron una parte más del paquete cuando, a mi juicio, tendrían que ser el eje de la reivindicación. Igual que los cambios tecnológicos, que están siendo la gran revolución del siglo XXI con inquietantes incógnitas para el empleo, y los sindicatos y los gobiernos se resisten a incluirlos en sus agendas, con gran desconocimiento de la realidad.

Creo que si el Primero de Mayo no se celebrase, no ocurriría nada grave. Lo que ayer denunciaron está muy denunciado en los medios informativos, y los sindicatos no tienen fuerza para hacerse oír más. Y lo que estos últimos tiempos pusieron de manifiesto es que ha cambiado la conciencia de clase. Ahora hay conciencia de sectores: los empleados públicos, que resuelven sus problemas laborales por su cuenta y no se mezclan con el resto; las mujeres, que tienen sus propias plataformas y, sobre todo, una prodigiosa capacidad de hacerse escuchar; los pensionistas que, al margen de lo justo de sus peticiones, tienen el morbo político del castigo al partido que tiene más votos suyos; los sindicatos de sector, más transversales que los históricos y con demandas más concretas y pegadas a la persona que el sindicalismo tradicional; el mundo de los auténticos marginados, que son los parados y los jóvenes, sin ningún sistema organizado de representación. ¿Qué significan para todos ellos las manifestaciones de ayer? Me temo que poco. Y sospecho que el nuevo sindicalismo, el que moviliza masas y sirve de altavoz eficaz, aunque todavía esté desestructurado, está en las redes sociales. En cualquier red social.

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