ETA y la vertebración de España


España tiene un problema territorial que amenaza seriamente su presente y futuro. Ahora en Cataluña, antes en el País Vasco. No se ha resuelto con los años de democracia y no parece que esté cercana una solución fiable y aceptada por todos. La disolución de ETA elimina un factor desestabilizador pero no acaba con ese foco de resistencia a la democracia y a la unidad del estado. Porque ni siquiera reconoce el daño causado ni, por supuesto, el innecesario, abusivo, brutal y pérfido uso de la violencia. Resultado final: ETA no ha provocado más que dolor y una profunda división (léase de Patria, de Fernando Aramburu) para nada. Y eso es lo que más temen ahora, en opinión del lehendakari Iñigo Urkullu, que tanto dolor, tanta guerra y tanto cristo para nada.

Otra cosa diferente es que con cargo al terrorismo los partidos políticos -unos más que otros- han aprovechado esa circunstancia para utilizarla a su favor. Por ejemplo el PNV siempre ha navegado entre dos aguas y ha obtenido no pocos rendimientos -presupuestarios y de otra índole- de su tacticismo, a mitad de camino entre la reivindicación nacionalista no violenta y la negocición con Madrid. El resultado no le ha podido ser más favorable, sobre todo desde que la vía pragmática de Josu Jon Imaz e Iñigo Urkullu se impuso a las propuestas extemporáneas de Juan José Ibarretxe, y se ha confirmado en el presupuesto de este año y en el del pasado gracias a la enorme generosidad del PP con el nacionalismo.

Un PP que, en esta materia, vocifera mucho pero hace, generalmente, lo contrario de lo que dice. Fue José María Aznar el que más presos acercó a las cárceles del País Vasco, autorizó una negociación total con la banda y el único dirigente español que habló públicamente de  Movimiento de Liberación Vasco al referirse al conflicto cuando abrió una etapa de contactos. Y, sin embargo, ante la opinión pública parece que es el PP el guardián de las esencias antinacionalistas. Así se puede atestiguar durante la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, cuando Eduardo Zaplana y Mariano Rajoy utilizaron hasta la saciedad el tema del terrorismo para desgastar al Gobierno.

Fue precisamente en la etapa de Zapatero, con la sibilina gestión de Alfredo Pérez Rubalcaba y la infatigable y arriesgada conexión de Jesús Eguiguren con el entorno etarra, y en especial con Arnaldo Otegui, en la que se inició el principio del fin de esta historia macabra. Así lo han explicado en un sesudo documental El fin de ETA de Luis R. Aizpeolea y José María Izquierdo. Y así ha sido. Los dirigentes socialistas, por cierto, tampoco han hecho acto de contrición por la guerra sucia y el uso irregular del aparato del Estado contra el terrorismo pese al intento último de Jordi Évole con Rafael Vera, por ejemplo.

Para todos los que hemos vivido en directo tantos años de atentados, de secuestros, de violencia extrema al menos sabemos que esa práctica ha terminado y que, por ese lado, no habrá más sobresaltos ni más indignación desbordada. De mala manera, sin reparar el daño, sin reconocerlo siquiera pero esto se ha acabado formalmente. Euskadi lleva años de desarrollo una vez eliminado el factor que tanto desestabilizaba su economía y sus relaciones sociales. Ahora no vendría mal, por parte del PNV y asociados, un mínimo de lealtad al país que tan gravemente padeció aquella locura. Difícil pero no imposible: el problema de España y su vertebración ahí sigue. Sin pistolas pero con la amenaza del derecho a decidir.

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