Wild, wild Spain


«Wild, wild country» es un documental de seis capítulos de contenido más que notable que se emite en Netflix. Trata de la increíble historia de cómo el culto del Bhagwan (conocido ahora como Osho, del que aún se publican muchísimos libros de autoayuda y meditación) compró un gigantesco rancho en el medio de Oregón, al lado de un pueblo de apenas 50 habitantes y la impresionante escalada de tensión y violencia que se desató en aquel lugar en medio de la nada a comienzos de los 80. La historia es magnífica e insuperable como sólo son las verdaderas, de esas que si se presentaran como ficción nos parecerían inimaginables. También tiene el valor de mostrar que puede que haya un momento en que sí que estén definidos unos buenos y unos malos pero en el camino ha habido muy pocos episodios de auténtica pureza y la nobleza tiene hondas raíces en el fango de la miseria.

El culto de Osho, con los ingredientes de fanatismo que tiene todo culto desde sus inicios, deriva en un grupo que planea asesinatos, que lleva a cabo atentados de bioterrorismo (infectando con salmonela a más de 700 personas) y que exhibe en todo momento un cinismo nocivo que trata de retorcer las leyes y sus lagunas, si las encuentra, para lograr un beneficio mientras desprecia toda norma que le suponga un obstáculo. A la vez, lo cierto es que en el pueblo de Antelope, cuando los vieron llegar, se les recibió con una inquina sin remisión no por ninguna de estas razones sino porque predicaban y practicaban el amor libre y lo que de verdad les despertó la alerta es que se pudiera ver algún coito en el prado de al lado. Los habitantes de aquel pueblo eran unos paletos retrógrados llenos de prejuicios con la cosmogonía más provinciana que se pueda concebir, pero lo cierto es que tenían razón en sus temores. Los espantajos que sacudieron desde un principio resultaron ser todos ciertos. No se trata de hacer spoilers (la historia es pública, está en las hemerotecas, la gracia es cómo está contada) pero en el momento de la caída de Osho no se oculta tampoco que el Estado le tenía ganas y forzó como sólo puede forzar un estado la maquinaria para aniquilar cualquier esperanza que pudiera tener el caradura del gurú para quedarse en el país.

Terminé el documental en la víspera de que se hiciera pública la sentencia de La Manada y seguía dándoles vueltas en los días sucesivos, con sus manifestaciones y la sorprendente escalada de improperios lanzados entre la judicatura, los partidos y el Gobierno, en particular el ministro Catalá. A veces es una suerte poder ver las cosas como espectador. Como a la mayoría, me pareció muy floja la condena para la gravedad de lo acontecido, también me consta que si bien la mayor parte de quienes salieron a la calle a protestar lo hicieron espontáneamente y de buena fe, también se llevaba cociendo semanas en redes sociales la llamada a despreciar el fallo mucho antes de que se conociera. Y el que no lo vea es porque no quiere. Las declaraciones del ministro son intolerables e impropias de su cargo, suficientes para exigir su dimisión porque ponen de relieve que no sabe distinguir poderes, ni le importa un bledo ceder al peor populismo. A la par, hay todo un sector del más vil machismo y querencia totalitaria que se ha empeñado en que aquí se juzgue a la víctima por una supuesta vida disoluta. Y esto lo defienden en columnas y tertulias algunos de los opinadores de referencia del «incorrectismo» este de exigir poder decir barbaridades siempre contra los débiles, jamás sobre los fuertes.

Está bien defender la independencia del poder judicial, cómo no, y que son además la gente que se ha formado durante años para interpretar bien las leyes; pero por mucho que queramos ceñirnos a los hechos precisos de la noche concreta lo cierto es que es público y notorio que tratamos con una banda con peligrosos antecedentes, con otro juicio simultáneo en el que es evidente que hay un caso prácticamente igual de intoxicación para la agresión sexual, también grabado en vídeos para su perverso regocijo y con maltrato e insultos para otra mujer. Que es aquí han tratado de colar que el robo del móvil de la chica de Pamplona pudiera haber sido un hurto tal cual, cuando es palmario que se trataba de dejarla aún más indefensa para impedir o retrasar lo más posible que denunciara lo sufrido.

Desde luego una condena de 9 años de cárcel no es una absolución, y esto se ha repetido también con una alegría alucinante. Y siempre está mal cambiar las leyes en caliente a golpe de telediario, no con determinados casos o delitos, con unos sí y otros no. Siempre está mal, siempre es un error. Me parece que se nos está apagando el ascua de todas las sardinas que le han echado encima en los últimos días. Soy testigo.

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