Al final será que somos hámsters dándole vueltas a la rueda. Pensando que avanzamos con cada giro, pero con el mismo horizonte delante de las narices. Pasa en Argentina. Clarín publica que el país pedirá al menos unos 25.300 millones de euros al Fondo Monetario Internacional (FMI). Ya se sabe que, para los náufragos, los cabos que lanza el FMI al agua pueden acabar con forma de soga. Dios nos libre de ciertos rescates, Argentina.

El peso se hunde (todo pesa menos el peso). Y a la selección no acaba de reflotarla ni Leo Messi. Cuenta la prensa de Buenos Aires que, mientras Mauricio Macri anunciaba la petición de auxilio, la lluvia torrencial golpeaba los cristales de la Casa Rosada. El mismo amor, la misma lluvia. Quizás sea un buen momento para volver al cine de Juan José Campanella, para regresar a Luna de Avellaneda. Es cierto que la película no es ni como El hijo de la novia ni como El secreto de sus ojos. Pero es la que más viene a cuento y eso es una virtud. Esa sociedad que arrastra en el mismo carro las deudas y las vidas de todos. Ese momento en el que Amadeo se lanza a la conquista de la chica: «¿Te gusta la comida étnica, por que conozco un restaurante escocés fabuloso?». Y el siguiente plano muestra a la pareja en un McDonald’s. Algunos argentinos son capaces de caminar por la cuerda floja con la soltura del que transita por una autopista.

Hay una frase cruel que repite algún que otro gurú de las inversiones cuando da su opinión sobre las posibilidades de los países emergentes: «Brasil es el futuro y siempre lo será». A otros se les adjudica el pasado. El presente es la rueda del hámster. También en Argentina.

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