Albert Rivera, cálculo o calentón


En las empresas hay socios que se llevan bien. En política hay adversarios que cuidan más las formas. En la vida ordinaria suele funcionar el principio de cuidar las apariencias. En las relaciones entre Albert Rivera y Mariano Rajoy nada de eso existe. Existió, pero llegaron las elecciones catalanas, en las que Ciudadanos hundió al PP, y comenzaron las hostilidades. Llegaron después las encuestas de ámbito nacional, y el PP empezó a ver al pequeño partido como un enemigo que lo podía derribar. A continuación, se publicó que la Moncloa preparaba la destrucción de Ciudadanos, y Rivera se puso en guardia, porque sabe que la Moncloa es temible como arma de destrucción masiva.

Hasta aquí, los hechos conocidos. Ayer el señor Rivera reveló algo más: que Rajoy, contra lo prometido al pedir respaldo para aplicar el 155, lo ignoró en sus informaciones, dejó de llamarle y anunciarle los pasos que iba a dar y estalló el divorcio. Sin previo aviso y en la solemnidad de una sesión parlamentaria, Rivera dio por roto el acuerdo del 155. Momento de cierto dramatismo. ¿Motivo del cabreo? Sin duda, el mencionado menosprecio informativo de Rajoy. Pero Rivera lo vistió de mayor dignidad: adujo como causa que el Gobierno no recurrió el voto delegado de los diputados catalanes fugados de la Justicia. Rajoy, viejo oyente de José María García, recuperó su léxico para llamar «aprovechategui» al rompedor. El soberanismo ha provocado otra quiebra política.

Ante el episodio, caben dos interpretaciones. La buena, que Rivera lo tuviera todo previsto y calculado. La mala, que haya sufrido un calentón. En cualquiera de ellas, creo que se excedió. Hay multitud de razones para criticar, incluso descalificar, la política general del Gobierno en Cataluña. Hay multitud de motivaciones, como la pérdida de la batalla de imagen en Europa, para exigirle responsabilidades. Pero Albert Rivera fue a escoger el argumento más discutible, porque sin los votos de Comín y de Puigdemont, la situación catalana no tendría más salida que repetir elecciones o rendirse ante las exigencias de la CUP, que se crecería todavía más por la necesidad de sus escaños.

Jugada de riesgo, por tanto. De riesgo para Rivera por dos motivos: porque lo sitúa en un extremo del mapa y estar a la derecha del Partido Popular no es lo más recomendable, y porque puede calar esa calificación de «aprovechategui» que es incluso peor que la de oportunista. Y una anotación final: a las encuestas, como a las armas, las carga el diablo. Si son buenas, discretamente utilizadas pueden llevar al poder. Si visten de arrogancia al beneficiado, pueden ser su ruina. Al romper al día siguiente del CIS, quizá Rivera escogió el momento de menos oportunidad.

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