La injerencia, el arma silenciosa


En una de las secuencias más célebres del Tercer Hombre, reminiscencia cinematográfica considerada obra de arte, aparecen dos personajes en lo alto de una noria, ambos discuten sobre la exigua importancia que tienen «esos puntitos que caminan ahí abajo…» -metáfora de la dominación y la insignificancia humana-. Esta evocadora imagen me ha acompañado desde mi niñez porque me he sentido y me siento identificado con uno de esos puntitos y no le quepa duda de que usted podría ser también uno de ellos.

El anterior párrafo de estilo antisistema me parece muy apropiado para introducir una realidad que vuelve a renacer durante estos días, confirmando la existencia de maquinaciones, intrigas y confabulaciones universales, y aunque rechazo a los neuróticos conspiranoicos, en esta ocasión tengo que darles la razón.

A nivel mundial, es posible que la palabra de moda del año sea la de injerencia. La RAE nos aclara el termino con una precisión quirúrgica: «injerencia es introducir en un escrito una palabra, una nota, un texto, etc.». Que estamos siendo vigilados ya lo sabíamos, lo alertó el oxigenado Julian Assange hace muchos años, pero la acepción del término injerir no sólo se limita a la observación de los gustos populares con el fin de vendernos esto o aquello, sino que añade un matiz más audaz; alguien se está metiendo en nuestras vidas para modificar nuestros valores, opiniones y juicios. El fundador de Facebook, Mark Zuckerberg confesaba hace unos días la utilización perversa de su creación por… alguien, con fines inciertos. Los expertos hablan de conjuras, tretas e intrigas de organizaciones secretas con el fin de desestabilizar a determinados gobiernos. Objetivos que logran mediante el control de la opinión pública: Trump, Brexit, Cataluña, Siria…

Nunca he creído en la neutralidad o imparcialidad de los medios, -a excepción de este que usted está leyendo, qué voy a decir yo-. Pero sí que creí en la infalibilidad de las redes sociales, pensaba en ellas como el Foro romano o como el Ágora griega, lugares donde cada cual podía decir lo que quisiera y por su frescura e inmediatez nadie podía falsear. Las consideraba como un balcón donde poder interpretar los acontecimientos de forma objetiva e instantánea. ¿Quién en un espacio así podría urdir un plan maquiavélico? -Iluso de mí-.

Pero ¿por qué culpar a las redes sociales como Facebook, Whatsapp, Instagram, Linkedln o Twiter? Estudiemos el paradigmático caso de Facebook. Las redes sociales suelen contratar servicios de empresas externas ocupadas en actividades de minería social, microtargeting o lo que es lo mismo, ofrecer información sobre gustos o aficiones de los usuarios. Cambridge Analytica es una de estas complejas y herméticas empresas. Facebook aprovecho durante mucho tiempo el conocimiento de esa información para que sus desarrolladores adaptaran su software al apetito y deseo de sus consumidores. Pero lo que ocurrió en este caso y seguramente en otros muchos, es que la ingente cantidad de datos que proporciono Facebook a Cambridge (50 millones de perfiles) fue utilizado o vendido en pro de la campaña de Donald Trump. Decir que el contrato con esta enigmática consultora fue suspendido por la empresa de Zuckerberg, -¿dignidad, marketing… u obligación?-.

Como podemos comprobar, existe un lucrativo negocio con el conocimiento ajeno y es que gracias a la información que inocentemente facilitamos con nuestros likes y dislikes es posible conocer nuestros gustos, preferencias y simpatías, proporcionando un retrato íntimo y preciso de nuestra personalidad. Después sólo queda echar mano a disciplinas como la estadística y la psicología del comportamiento para intentar manipular a una colosal masa de más de dos mil millones de personas -no se olvide de que un tercio de la población mundial está enganchado a las redes-.

Las reglas han cambiado. Se ha creado un vacío legal que permite un margen de influencia más ilimitado que nunca, recuerde la campaña del Brexit, en la que se invirtió casi la totalidad del presupuesto en anuncios de Facebook, o la del partido «Alternativa por Alemania», que contrato a una empresa experta en mercadotecnia informática para aumentar su popularidad hasta convertirse en la tercera fuerza política alemana, o sin ir más lejos, el uso de Twitter por parte de Puigdemont para defender el procés.

La actualidad de estos últimos días nos muestra a unos Estados Unidos enfrentándose a un dilema democrático y legal sin precedentes. Es justo que el país que abrió la caja de pandora lidere la cuestión más embarazosa de la democracia moderna, y aunque poner orden en este mundo virtual tan complejo no será un asunto fácil, ellos tienen la obligación moral de enmendar el entuerto en que nos han metido. La actuación de los legisladores americanos seguramente marcará el modelo a seguir en Europa y veamos pronto un mayor control y transparencia sobre quién paga los anuncios de índole político en las redes sociales… - porque en definitiva se trata, simple y llanamente, de saber quién está mangoneando a los puntitos que hay bajo la noria-.

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