Cuatro lógicas que presagian un desastre

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El discurso de investidura reflejó la pura lógica del secesionismo. Porque Quim Torra sabe que, si no derrota al Estado, será derrotado por él; que a la pervivencia de su ensoñación le viene mejor una debacle dramática que un armisticio fariseo; que esta es la última oportunidad para la utopía del «nou Estat»; y que la mayoría independentista solo existe en una confrontación con España extrema y descarnada. Y a eso dedicó su incendiaria retórica.

También tiene lógica Rivera, que, tras el discurso de Torra, está convencido de que la normalidad no es posible, y que la reconducción de Cataluña a la senda constitucional solo puede hacerse manteniendo y reforzando el 155. E incluso rezuma lógica -¡que ya es decir!- Sánchez, que, después de retrasar el pacto del 155, de exigir que su aplicación se hiciese con una dosis insuficiente y breve, y de mantener con expreso cuidado algunos focos de infección -como TV3- para evitar el riesgo de empobrecimiento genético de su nación de naciones, busca, como si fuese Diógenes, un presidente de la Generalitat que aglutine, y «no a alguien que ahonde en la fractura social y política de Cataluña».

Y la lógica pura también asiste a Mariano Rajoy, que -después de imponer, experimentar y normalizar la aplicación del 155; después de demostrar que las ofertas de diálogo del independentismo solo son procaces añagazas para engañar a populistas y pusilánimes; y después de hacer patente que la inhibición inicial de la Justicia solo sirvió para situar su inevitable irrupción en la incómoda desmesura a la que torpemente nos hemos abocado- tiene claro que la prórroga del 155 ya no vale, y que la única salida efectiva consiste en darle pronto carpetazo, establecer con el PSOE y C’s un acuerdo de máximos, y volver a aplicar un 155 con precedentes muy estimables, con dosis adecuadas a la naturaleza y agresividad del tumor, con tiempo suficiente para surtir sus efectos, y con la cirugía necesaria para extirpar esta pesadilla que, más allá de ser un vergüenza internacional, un fracaso del Estado, y una invitación al contagio del separatismo, implica un riesgo cada vez más próximo y evidente para la integridad, el ser y la paz de un país que lleva un decenio bailando, al borde del abismo, la danza de la muerte. Por eso concluyo que, vistas las cuatro lógicas, y la catástrofe que presagian, es obvio que los tres partidos a los que hemos encomendado nuestro ser y nuestro futuro, carecen de arrestos e inteligencia para afrontar esta charada, por lo que ahora se enfrentan a este terrible dilema: macerar el conflicto a base de populismo, desorden, ineficiencia y estupidez política; o inventar un cirujano de hierro que pueda operar a vida o muerte un Estado tan enfermo. Y eso significa que «in omni adversitate fortunae infelicissimun est genus infortunii fuisse felicem». La sentencia es de Boecio, y, al escuchar sus graves sonidos, es innecesario traducirla.

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