Banderas


Mi padre solía decir que uno no puede estar orgulloso del sitio en el que ha nacido, sencillamente porque no es algo que haya elegido. O sea, que en la lotería de la vida nos ha tocado venir al mundo en esta esquina de la vieja Europa, pero perfectamente podía haber sido en Bolivia, Filipinas o Camerún. Él, como buen gallego, amaba esta tierra y a ella volvió después de toda una vida de trabajo emigrado, pero era capaz de relativizar su apego y apreciar y disfrutar las virtudes (especialmente las gastronómicas) de otros territorios.

El pensamiento de mi padre entronca con esa frase atribuida a Pío Baroja de que «los nacionalismos se curan viajando». Y me ha venido a la cabeza después de un par de episodios de enfrentamiento entre países ocurridos el pasado fin de semana. Las guerras actuales, como todo el mundo sabe (excepto Trump, Putin y algunos dictadores africanos), se libran en los escenarios del arte y el deporte, adonde acuden los aficionados enarbolando las banderas de sus respectivas naciones. En Eurovisión había muchas y de todos los colores, incluso creí ver alguna senyera en el Altice Arena de Lisboa; pero me llamó especialmente la atención una bandera española que salía siempre en las primeras filas y en la que su portador había escrito en el centro, en grandes letras negras, «Alcorcón». Debemos ser el único país que ensucia sus símbolos nacionales con el nombre de una ciudad-dormitorio.

También somos únicos en los circuitos de velocidad. Ver cómo el Gran Premio de España de fórmula 1 se abría con dos himnos y dos banderas diferentes resultó surrealista y bochornoso, como si fuera el Mundial de Corea y Japón o la Eurocopa de Ucrania y Polonia. Menos mal que al acabar la carrera dos deportistas españoles pasearon la enseña rojigualda con normalidad y sin avergonzarse, a diferencia de lo que ocurre con otros campeones del mundo del motor. Lo normal es eso. Y luego, cada uno puede volver a la república independiente de su casa.

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