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Escribió Pedro Salinas «Tú, que no eres mi amor, / ¡si me llamaras! / Y aún espero tu voz: /  telescopios abajo, / desde la estrella, / por espejos, por túneles, / por los años bisiestos / puede venir. No sé por dónde». Fue Salinas de los más grandes poetas del siglo XX en lengua castellana. A nadie (quizá algún excéntrico absurdo) se le ocurría decir que se puede escribir poesía en castellano pero no en asturiano. ¡Menuda tontería sería! Pero, por lo visto se puede sostener que el «bable» es un idioma del todo incompatible con la creación científica, no apto para la construcción de telescopios y la redacción de sus instrucciones. Así lo dijo, en tono jocoso, el presidente de la patronal asturiana, Belarmino Feito en la presentación del instrumento de visión sideral, un portento tecnológico, que se construye en su empresa en Avilés y que se instalará en Chile. Abrió Feito una caja de los truenos que quiso apaciguar después, ante la escandalera, con un comunicado más modoso en el que recalcaba que la patronal sólo se limitaba a preguntar por los costes y beneficios que traería la aprobación de la oficialidad de la lengua asturiana, por si habría que «retraer recursos» de otras inversiones para ponerla en marcha.

Por supuesto que los empresarios pueden preguntar, cuestionar, opinar, sobre esta materia y sobre cualquier otra que se debata ante la opinión pública, ¡faltaría más! Otra cosa es que sea la patronal la que vaya a decidir cualquiera de estos asuntos. La verdad es que ni siquiera merece la pena tomar en consideración la mayoría de sus demandas en el ámbito laboral que cuando no están dictadas por una codicia ciega parecen responder a la ocurrencia caprichosa de un malcriado. Sólo hace unas semanas estaban planteando que todos los niños de Asturias estudiaran calderería porque lo que les resulta del todo inconcebible es ofrecer salarios mayores para atraer a trabajadores cualificados.  

Que presenten sus propuestas los partidos, que detallen en cada una de ellas qué modelo de oficialidad quieren y con qué partida presupuestaria quieren ponerla en marcha, debatamos luego. Pero no nos engañemos tampoco sobre lo que estamos discutiendo realmente, ¿es realmente el dinero? ¿hablamos del retorno en inversiones y empleo de las millonarias entregas a cursos de formación que recibe la patronal, de las obras de grandes infraestructuras perpetuamente retrasadas hasta el lustro siguiente o que se abandonan? La propuesta de la propia Academia de la Llingua supone un gasto menor que lo que Ayuntamiento de Oviedo tendrá que desembolsar, hipotecando sus arcas, por el pufo de Villa Magdalena, heredado de la administración de Gabino de Lorenzo. Y no creará ni un solo empleo, no atraerá ni una sola inversión, son millones de fondos públicos para un particular por una chapuza astronómica que se ve sin telescopio.

Lo cierto es que no se trata del dinero sino de la creencia de que el asturiano es una lengua de paletos, poco más que el balbuceo de hombres que no lo son plenamente, inadecuado para el pensamiento elevado. Es un prejuicio que sólo se puede resolver ante un espejo. He aquí que esta semana se hizo famoso a su pesar el abogado neoyorquino Aaron Schlossberg porque se puso como una hidra por oír hablar en español a los empleados de un restaurante.

Los muy ufanos señoritos de esta península, que creen que el castellano es la lengua natural de los patricios, parecen desconocer que los señoritos del otro lado del océano consideran el español el habla de los criados y limpiabotas, una lengua inadecuada para la economía, para las artes y las ciencias, un chapurreo de clase baja con el que no se pueden construir telescopios. También aquí el columnista Salvador Sostres, en su etapa como heraldo del supremacismo catalanista, antes de convertirse en adalid del facherío casposo hispano (porque en lo que ha sido constante este hombre es en ser un cretino a tiempo completo en toda fase de su vida) escribió una vez que el español era la lengua de «las chachas» por oposición al refinado catalán de sus empleadores. 

O quizá, ya como último recurso, tendremos que apelar a que a Belarmino no le gustaría en modo alguno que nadie le cambiara el apellido. Pues él es Feito y no podría entender que para vender sus productos en un mundo global tuviera que cambiarse a 'Hecho', en castellano. Eso es Feito, en «bable» occidental, ese el origen del apellido, su etimología, en el sentido de adulto, decidido. Y le sirvió para llamar a su propia empresa, con orgullo, sin avergonzarse. Lógico, lo contrario sería verdaderamente una tontería insostenible. ¿Discutir de lo real? Eso está hecho, pero sin trampas.

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Feito, está hecho