Rajoy y Rivera no deben hacer teatro


Por más caras serias que pusieran ayer en la Moncloa, y por más teatro que hagan Mariano Rajoy y Albert Rivera para tratar de marcar diferencias, el PP y Ciudadanos son dos partidos que comparten planteamientos y están compitiendo por un mismo espacio político. De ahí, y de ningún otro sitio, procede ese supuesto y forzado desencuentro. Rivera percibió en su día con claridad la resistencia del PP a abordar un necesario proceso de regeneración. Y se lanzó a disputar el hueco de una derecha con un proyecto nacional, pero moderna, aseada, sin ataduras y sin complejos por reclamarse liberal. Un destino al que el PP debería haber llegado hace tiempo de forma natural. No nos engañemos. Si los populares se modernizaran, actualizaran sus formas, rejuvenecieran su plantilla, se quitaran la caspa y el sustrato carpetovetónico de algunos dirigentes y se desprendieran de cualquier lastre de corrupción, lo que quedaría es Ciudadanos.

El programa económico de Rivera, por ejemplo, es perfectamente asimilable al del PP. De ahí que a los centros de poder, bancos y grandes corporaciones no les preocupe en absoluto que Rajoy pueda ser sustituido al frente del Gobierno por el líder de Ciudadanos. Y menos si, como indican las encuestas, populares y naranjas van a sumar en las próximas elecciones más escaños que los que cuentan ahora entre ambos. La continuidad del modelo económico está garantizada. Y, con respecto a Cataluña, hay pocas dudas también de que si Ciudadanos estuviera en el Gobierno y el PP en la oposición, Rivera sería más prudente y Rajoy estaría diciendo exactamente lo mismo que dice ahora Rivera. Nada de diálogo con un gobierno catalán golpista, como pide Rivera, que es lo que piensan la inmensa mayoría de votantes del PP y lo que acabará asumiendo el Ejecutivo.

El problema de Rajoy es que, casi sin darse cuenta, ha dejado que Ciudadanos fagocite su discurso económico y territorial. Y ahora no hay sitio para tantos en la misma baldosa. La situación se complica porque el PP, una vez que se ha percatado de que le han birlado su espacio, aplica una receta equivocada. En lugar de intentar reconquistar su territorio, deja a Ciudadanos la firmeza antinacionalista y refuerza el vínculo con un Pedro Sánchez que, por más que se disfrace de estadista, es el mismo que hablaba de la nación de naciones, que proponía pactar con los independentistas, que resulta por ello sospechoso para gran parte del electorado tradicional de la derecha y que contamina de esa sospecha a todo el que se retrata con él. Incluido Rajoy, que hasta llama ahora a Pablo Iglesias para ningunear a Rivera.

El PP y Ciudadanos están condenados a entenderse y a colaborar, ahora y después, en la solución del problema catalán, que va para largo. Y harían bien en dejar el teatro, unir sus fuerzas frente a un racista como Torra y dejar para la campaña electoral la batalla para dilucidar cuál de los dos se hace con la hegemonía del centro derecha y lidera el inevitable gobierno de coalición que están destinados a formar.

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