Una democracia no puede ser asimétrica

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Si el presidente de Cataluña puede insultar a España y a su gente, maltratar de palabra y obra la Constitución, provocar los resortes de la reacción política, y chulear a la Justicia, mientras exige de todos respeto, impunidad y talante negociador, es imposible gobernar el país. Si Italia o la República Checa arremeten gratuitamente contra los principios de la UE, sin que Bruselas se atreva a mencionar los límites de su soberanía y exigir su lealtad democrática, Europa se tambalea. Si Trump actúa como un dictador global, incumpliendo sus acuerdos y usando unilateralmente la fuerza, mientras exige que los demás le hagan la ola en sus negocios y en sus fobias, es imposible que prospere la paz. Y si cualquier mequetrefe de la ONU se permite escandalizarse por una carga de la policía española, mientras la propia ONU permanece cobardemente impasible ante las masacres de Israel, la autocracia de Arabia, o el planchado que le hace China a los derechos humanos, es evidente que no podemos entendernos ni respetarnos, y que solo rige la ley de la selva.

Cuando las revoluciones liberales refundaron la democracia, enunciaron tres principios -libertad, igualdad, y fraternidad-, que, al marginar deliberadamente la utopía de la justicia, nos legaron dos certezas que siguen plenamente vigentes: que la democracia no puede funcionar sobre relaciones y actitudes asimétricas; y que la única expresión objetiva de la justicia es la igualdad.

El día que cayó la Bastilla, en 1789, en Galicia ya estaba vigente la lacerante y experimentada sentencia de que «o can grande mexa polo pequeno». Y por eso hubo mucha gente que identificó el mundo que entonces nacía con la idea de que todos los perros y todos los hombres tendrían los mismos derechos y deberes. Pero si hacemos balance de los siglos transcurridos, de todas las revoluciones y teorías que hemos hecho sobre la igualdad y la libertad de los pueblos, y de los cientos de millones de muertos que hemos invertido en guerras, purgas, hambrunas y ruinas, para garantizar la salud y la pervivencia de las democracias, parece que se nos ha ido la mano, y que, lejos de haber alcanzado el paraíso de las democracias iguales y responsables, nos hemos instalado en un balanceo de presiones y demagogias que, dominado por el individualismo, la indignación y la deslegitimación del poder y del orden, nos han traído a esta situación, también desigual, en la que las minorías abusan de las mayorías, y muchos países se asoman al abismo empujados por la irresponsabilidad de masas vociferantes que votan desinformadas.

La democracia, que constituye un orden social pactado y gobernado con la legitimidad de las mayorías, atraviesa hoy una crisis que compromete su propia existencia. Porque tan letal es que los grandes abusen de los pequeños como que los pequeños se impongan su demagogia a los grandes. Y en ese hoyo de populismo nos estamos metiendo a pasos agigantados.

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