El cementerio digital


Escritor y periodista

Se dice que Internet es el futuro, pero pronto estará dominado por el pasado. La Red, que en tantas cosas se parece al espacio exterior y en otras al fondo marino, tiene también esto en común con ellos: que nadie se ocupa de retirar los trastos que se quedan allí abandonados, dando vueltas en el espacio u oxidándose en las profundidades del océano. Géneros de comunicación enteros han llegado a su apogeo y entrado en decadencia en pocos años, como los blogs, que tuvieron su momento de gloria a principios de siglo y que ahora agonizan, sustituidos por las redes sociales, incapaces de adaptarse al tipo de escritura que fomenta el teléfono móvil. Los japoneses tienen una palabra para referirse a estos blogs muertos que siguen girando en el vacío: ishikoro, guijarros.

Pero en Internet todo sucede a una velocidad de cine mudo, y también las redes sociales han entrado en su ciclo de decadencia. De los dos mil millones de usuarios que tiene Facebook, 10.000 mueren diariamente; aunque sus cuentas sigan activadas, recibiendo «me gusta». Ahora mismo se calcula que, solo en esa red social, los usuarios difuntos superan los cincuenta millones, el tamaño de una nación fantasmagórica. Las proyecciones varían, pero está claro que antes o después llegará el momento en que haya más muertos que vivos dialogando entre sí. Internet será entonces como el cementerio de La Chacarita o el Père-Lachaise de París: un vasto campo de mausoleos y lápidas, pero sin silencio. Será un camposanto cuyos residentes, como en un cuento de terror, no sabrán que ya no existen.

No es algo nuevo. Siempre hay una parte del presente que sobrevive y llega al futuro. Las librerías de viejo están saturadas de volúmenes sobados por manos que ya no existen. Los archivos están atiborrados de papeles de cosas que fueron y no son ya. En los álbumes amarillean fotos de otros tiempos. En los museos cuelgan óleos o descansan vasijas cuarteadas y cuidadosamente pegadas otra vez. Pero en el mundo real los recuerdos están sometidos a las leyes de la geología y la gravedad, la erosión los va limando, redondeándolos, descartando los que están hechos de materiales blandos y frágiles. En el mundo on-line, en cambio, no existe el rozamiento. Todo permanece: lo útil y lo inútil, lo importante y lo irrelevante, lo conveniente y lo inconveniente, lo memorable y lo olvidable. Hasta ahora, lo banal era el adorno del pasado, una curiosidad. Pero Internet, que es el gran igualador, ha determinado democratizar también eso, y ha decidido que lo banal va a dominar nuestra imagen de lo que fue.

Llegará un día en que la Red sea ya fundamentalmente lo que tiene de mejor ahora: será un archivo, una enciclopedia, un gigantesco anacronismo. Será una exposición permanente de presentes desaparecidos, de ecos, de voces lejanas, pero tan detalladas que parecerán vivas. La Red estará poblada de fantasmas, de melancolía sin dueño, de cartas rechazadas por el destinatario o no entregadas, de discursos vehementes sin público. Recorrer entonces Internet, mirando esas fotos de paellas, de gatos, de días de playa o visitas a la Muralla China, será como bucear en el pecio de una batalla naval antigua, deslizándose entre barcos hundidos a los que el agua fría ha preservado pero el tiempo ha cubierto de moluscos, rodeado de peces tropicales de colores hermosos de formas sorprendentes. Y, si uno bucea más abajo aún, a los abismos adónde solo llegan los batiscafos, podrá ver incluso que siguen ahí las criaturas abisales, los peces que nadan en la oscuridad, monstruosos e inquietantes: el subconsciente de la Red.

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