Llegó la política del absurdo


Hace muchos años corrió el rumor de que iban a hacer ministro a un tal Jesús Fueyo, un falangista bebedor y brillante, que pasaba por ser «el intelectual del franquismo». Un periodista le preguntó si le gustaría y Fueyo respondió: «¿Ministro? ¡Aunque sea de Marina!». Nunca llegó a ser nombrado, pero la respuesta circuló por los mentideros durante varios lustros. Ahora, el señor Torra, que hizo el tour de las prisiones, tuvo la ocurrencia de nombrar consellers de su imposible gobierno a dos de los consellers del anterior. Y después de hacer pública su designación, fue a la cárcel a preguntarles si les apetecía. ¿Y sabéis lo que respondieron? Que sí, y que están dispuestos a tomar posesión mañana. Les faltó decir: «¿Conseller? ¡Aunque sea de Marina!».

Todo esto está empezando a ser cómico. Resulta, primero, que en Cataluña hay un presidente que dice que el presidente legítimo es otro. Resulta, segundo, que ese presidente vicario nombra a unos señores a los que no había consultado. Resulta, tercero, que esos designados, Rull y Turull, están en la cárcel, y todavía no apareció el inventor del sistema de asistir a los consejos siendo un recluso. Y resulta, cuarto, que los citados presos se han puesto a pedir su libertad para cumplir sus obligaciones con los contribuyentes.

El precedente sería magnífico: ¿hay alguien en la cárcel que Rajoy (o el rey) desea que quede libre? Lo nombran alto cargo y ya está. Como tiene una función política que cumplir, se le libera de sus obligaciones como inquilino de Estremera o Soto del Real.

Cuando Bildu gobierne en el País Vasco, imaginaos la cantidad de presos de ETA que puede liberar por ese sistema. Si Felipe VI quisiera hacer un favor a su cuñado Urdangarin, le diría a Rajoy que lo haga embajador, aunque sea en Pakistán. Si me objetan que cuando Urdangarin entre en la cárcel ya no será preventivo, les diré que de acuerdo, pero ya se las apañarían los letrados para sostener que «tiene sus derechos políticos intactos».

Hago estas reflexiones absurdas para llegar a la conclusión de que la política catalana entró en el terreno de lo absurdo. Torra, como su antecesor, no hace política; hace gamberradas políticas. Sabe que no tiene sentido nombrar consellers a presos y fugados, pero en su Generalitat no se busca el sentido; se busca el conflicto y poner en aprietos al Estado. Y sabe que le van a aplicar el 155; pero obtendrá una ventaja superior: poder decir que Madrid interviene sus instituciones o que Rajoy trata de imponer los nombres del govern. Todo viene bien para seguir predicando que Cataluña sufre una represión atroz. Siempre habrá quien esté de acuerdo. Siempre habrá alguien dispuesto a despreciar el sentido común.

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