Presupuestos, primera industria vasca


Qué cantidad de equilibrios tuvo que hacer el Partido Nacionalista Vasco para justificar su a los Presupuestos. La nota difundida por el Euskadi Buru Batzar es una colección de alegatos que merece estar en alguna antología de textos políticos. Es que se habían comprometido tanto con tumbar las cuentas públicas si se mantenía el 155, que cambiar de idea era como dar la vuelta a un trasatlántico en el puerto de A Coruña. Así, alegan que votar afirmativamente es facilitar una solución acordada en Cataluña, como si fuese posible dialogar con quien solo obedece a Puigdemont y solo quiere negociar las condiciones de la independencia. Y llegan a decir que la mejor forma de anular el dichoso artículo es decir sí a Rajoy. Un prodigio de disimulo.

Las únicas verdades del cambio de actitud del PNV son otras. La primera es que supieron presionar y cobran un precio que serían muy torpes si renunciaran a él. Se llevan 540 millones de euros en infraestructuras, desarrollo de la alta velocidad, avances tecnológicos y la propina final de las pensiones. ¿Cómo decir no a ese maná caído del cielo de la Moncloa? La solidaridad con los independentistas catalanes es bella, pero improductiva. La aprobación de los Presupuestos es la mejor y más rentable industria para Euskadi.

La segunda verdad es que el equipo de Urkullu y Ortúzar miran las encuestas y temen a Ciudadanos más que a un nublado. Albert Rivera es el enemigo declarado de los nacionalismos. Es el único político que se atrevió a censurar el Concierto y el Cupo, que considera impropio de un Estado europeo y moderno. E incluso puede llegar a las elecciones proponiendo su derogación, aunque se requiera una reforma constitucional. Y parece que el PNV se lo ha creído y, sin citarlo expresamente, eleva el riesgo Rivera a la categoría de abismo. Y eso podría ocurrir si los Presupuestos naufragasen y Rajoy se viese obligado a convocar elecciones en medio del bloqueo político general. Quizá el presidente les envió algún mensaje con ese aviso.

De esa suma de confluencias galácticas surgió el milagro: los nacionalistas que quieren considerar a Euskal Herria como nación que incluya a Navarra, salvan a Rajoy, el españolista que compite con Rivera a ver quién la tiene más grande; la bandera española, quiero decir. Y Rajoy, naturalmente, feliz. Ya puede seguir gobernando, aunque le haya costado un ojo de la cara… del resto de los españoles. Ya encontró un alivio para la tormenta que le provocaron los millones de Zaplana. Ya puede pensar que dispone de algo más de tiempo para recuperar votantes. En el fondo, eso es lo que ocurrió: con todas sus cesiones al PNV lo mejor que compró Rajoy fue tiempo; tiempo para su propia recuperación.

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