Las cicatrices de la historia


El viejo continente aún sangraba por las heridas abiertas de las dos guerras mundiales. Temía al gigante soviético. Y miraba receloso al nuevo señor, el amigo americano. No podía permitirse tropezar tres veces en la misma piedra ni olvidar que, como dijo entonces el político francés Robert Schuman, «las fronteras son las cicatrices de la historia». Comenzó entonces un proceso que aún continúa y que, aunque se tambalea (con hechos como la elección de un gobierno euroescéptico en Italia), acaba de dar un golpe en la mesa con el nuevo reglamento europeo de protección de datos.

La entrada en vigor de la norma es afortunada para los ciudadanos de la Unión (tienen más control sobre su información) y más que oportuna para las instituciones comunitarias. Coincide en el tiempo con el monumental escándalo de manipulación política y filtración de datos de Cambridge Analytica, que ha reforzado la idea de que hacen falta controles sobre los gigantes de la Red y que ha llevado al dueño de Facebook a pedir perdón en la Eurocámara y en el Senado estadounidense.

¿Seguirán los mismos pasos al otro lado del Atlántico? El propio Zuckerberg cree que es «inevitable» una regulación sobre privacidad allí. Los legisladores afrontan una ardua tarea. Tendrán enfrente al propio presidente Trump. Su sheriff para Internet, el que quiso matar la neutralidad de la Red, solo admite unas reglas, las del mercado.

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