Cuando arrecia la tormenta

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Mientras el crucero navega por aguas tranquilas, lleno de fiesta y placer, todas las señoras aspiran a cenar con el oficial más apuesto, y un par de ojos azules cotizan más que el cerebro de Einstein. Pero cuando el dios Eolo suelta sus vientos y tempestades, como decía Virgilio, todo cambia, y lo único que preocupa a la gente es saber es quién puede evitar la zozobra, mantener en orden aquella mole y llevarla pronto a puerto. Y ese, a veces, es un hombre feo y lleno de tics, con lamparones en la corbata, y que sorbe la sopa como un niño repelente. La tormenta, es obvio, no justifica los lamparones, ni convierte en refinado el hecho de sorber la sopa. Pero cambia el orden de prioridades, relega los bailes y modelitos, y repone el viejo principio de que primero está la vida y después la filosofía.

En política deberíamos tener esa misma lógica. Porque, cuando un país está a punto de zozobrar, cuando la histeria se apodera de las masas, y cuando radio macuto empieza a difundir rumores de grietas irreparables, sólo hay una pregunta inteligente, útil y eficaz: ¿quién puede mantener el orden, capear el temporal y llevarnos a puerto? Todas las demás son preguntas trampa.

La España de hoy atraviesa una galerna que arranca los bancos de arena del fondo marino para hacerlos visibles en la cresta de las olas. Y si el pueblo se equivoca de pregunta, y, en vez de interesarse por el lobo de mar, se empeña en censurar al que tiene lamparones en la corbata, corre el riesgo de poner el buque en manos de un elegante inexperto, que ni conoce las cartas marinas ni ha navegado la mar arbolada. ¿Y cuál es la causa de que los pueblos, en vez de enfundarse el salvavidas, ayuden a hundir el barco? Pues cosas así de sencillas: que mucha gente cree que los trasatlánticos no se hunden; o que para darle vueltas al timón «cualquiera sirve, cualquiera»; o que los barcos de hoy navegan en modo automático; o que, si al final pasa algo, siempre está cerca la VI Flota de la U.S. Navy.

Reconozco que éste es el peor momento para decir que el único que tiene recursos para mantener el orden en el barco, hasta atracarlo en el puerto más próximo, es Rajoy. También sé que este capitán no luce su mejor estética, y que lleva en el cuerpo los muchos cardenales que le hicieron Bárcenas y Correa. E incluso admito que, para una cena romántica, pueden dar más juego Sánchez o Rivera. Pero a mí, que voy en este barco, con toda mi familia, sólo me interesa saber quién puede llevarme a puerto. Y, más allá de las elucubraciones sobre pactos imposibles y ocasiones perdidas que pululan por el espacio mediático, tengo la absoluta certeza de que -a corto plazo, y con la macedonia de partidos y confluencias en la que tendrían que apoyarse- ni Sánchez ni Rivera pueden atracar este barco sin bajas en el pasaje. Sé que no es prudente decirlo, pero lo digo. Porque soy así, y porque me sienta muy bien decir lo que quiero y debo decir.

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