Pablo e Irene


A. Conocido el resultado del referéndum telemático ad hoc convocado por Pablo (Iglesias) e Irene (Montero) a la militancia de Podemos, hemos de concluir que la pareja ha hecho con el partido una morcilla, a la que han cogido por los extremos, él por uno y ella por el otro, se la han introducido por el ano y, tras penetrar recto y colon, la han pringado en los intestinos, sacándola posteriormente hecha una mierda.

B. El préstamo para el chalé y parcela de unos 2.000 metros cuadrados y piscinazo, lo recibieron de la Caja de Ingenieros. Esta caja es un fondo de inversión en la república catalana, que les concedió el crédito en condiciones reservadas a los independentistas, y después de que Pablo  ingresara en ella 6,4 millones de euros de Podemos.

C. Carlos (Puigdemont) y Ana (Gabriel) fabricaron hace meses otra morcilla con Cataluña y la sometieron al mismo proceso descrito en el apartado A. Lo que se revela en Carlos y en Pablo es el espíritu del megalómano. Cada megalómano llega hasta donde puede. Pol Pot llegó más lejos porque pudo. Stalin, Mao y Hitler pudieron alcanzar las mayores cotas, a la espera de lo que aún se les antoje a Putin y Trump.

D. A la izquierda se le supone una contención. Pero Irene y Pablo han dejado claro que el capitalismo es la hostia de cojonudo. Las ideas no son solo ideas: uno coge una anticapitalista,  o nacionalsocialista, o, sencillamente una que fusione las dos, como la populista, y aparece en Galapagar, en Ginebra, en Bruselas o en Berlín, aunque nunca en Saná, Kabul, Ereván o Puerto Príncipe.

E. Las ideas que trasladan a los megalómanos de Vallecas a Galapagar y de Barcelona a Berlín son del tipo «tontos del culo limpiadme el culo». O sea, no son ideas «fuerte». Ejemplo: Pablo no ha abierto un libro de Kant en su vida, dijo él, que preguntado por el título de alguno de los garabateados por el alemán, contestó: «Ética de la razón pura». Joder, casi acierta. Podrá argüirse que Kant no está en el ‘temario’ para ser diputado, pero recuérdese que fue un profesor interino que impartía alguna que otra clase semanal de Ciencias Políticas. En síntesis, Pablo es un ignorante. Pero esto no es sorpresivo. El Capital está reduciendo, al menos en Humanidades, al docente y al alumno a la sordidez. Queda pues descartado pedirle a Pablo  que escriba, no ya tres cuartos de una cara de folio A4, sino un mísero tuit acerca de la Idea de Ética de la Prudencia de Aristóteles.

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