Sánchez tiene pánico a las elecciones

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Pedro Sánchez lleva menos de cuatro años en la primera línea de la política. Pero en tan corto espacio de tiempo va camino de convertirse en el hombre de los récords. En lo que afecta a elecciones, ha cosechado ya los dos peores resultados obtenidos por el PSOE en toda su historia. En 2015, se quedó en unos escuálidos 90 escaños. Y en 2016 fue capaz de superarse, logrando solo 85. Sánchez es también el único político de nuestra democracia que ha fracasado en dos sesiones de investidura seguidas, siendo incapaz de conseguir no ya una mayoría absoluta, sino ni siquiera la mayoría relativa de la cámara. Su otra gran proeza política es haber logrado que por primera vez en la historia los sondeos sitúen al PSOE como la tercera e incluso la cuarta fuerza.

Pero, por alguna extraña razón, a pesar de tan bochornoso currículo, Sánchez está perpetuamente convencido de que él debe ser el presidente del Gobierno, digan lo que digan los ciudadanos en las urnas y la aritmética parlamentaria. Para él, la solución a todos los problemas de España pasa siempre por que el resto de partidos le invistan a él como presidente. Lo de menos son los escaños que tenga, la coyuntura del país o las ideas que defienda. En su contumaz empeño, presentó primero su candidatura bajo una enorme bandera de España. Viendo que por ahí no sumaba, pegó un inaudito volantazo desenfundando la idea de la nación de naciones y la necesidad de pactar con los independentistas y con Podemos. Cuando aquello le costó el puesto de secretario general, regresó transmutado en el más firme defensor de la unidad de España y de la férrea aplicación del artículo 155 en Cataluña. Hace unos días llamó racista al nuevo presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, al que tachó de ser «el Le Pen español». Pero ahora, cuado la sentencia del caso Gürtel ha deslegitimado al Gobierno de Rajoy, para Sánchez la solución a la crisis no pasa por disolver las Cortes y dar la voz a los ciudadanos, como lógicamente defendería cualquier grupo de la oposición, sino, naturalmente, por hacerle a él presidente del Gobierno. No para convocar elecciones de inmediato, sino para gobernar. Y lo mismo le da, según dice, llegar al cargo con los votos de Ciudadanos que con los del partido del Le Pen español y el resto de independentistas. Es decir, que el programa de Gobierno que defenderá este jueves será el de si sale con barbas, San Antón; si no, la Purísima Concepción. Con ese estrafalario bagaje, pretender que un Ejecutivo presidido por él daría «estabilidad» a España es simplemente una tomadura de pelo. Sánchez tiene pánico a que se convoquen elecciones porque sabe que podría batir incluso su récord negativo en el PSOE y no tendría ninguna posibilidad de gobernar. Y, por ello, en lugar de pactar con el resto de grupos para apartar a Rajoy y llamar de inmediato a las urnas, presenta unilateralmente una tramposa moción de censura en la que, dice, no apoyarle a él es apoyar a Rajoy. Su último récord, y su ridículo final, sería que el Parlamento prefiriera que siguiera Rajoy antes que hacerle a él presidente del Gobierno.

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