Por qué no tenemos una buena solución


La crisis que se abate sobre España se parece a las tormentas galopantes que recorren los cielos de primavera, que, aunque no se sabe dónde van a descargar, presagian enormes daños para las haciendas y los paganos de siempre. La diferencia entre estos dos fenómenos es que, mientras las tormentas son impredecibles e inevitables, y solo admiten respuestas paliativas, las crisis son predecibles y evitables, ya que la política no es más que un juego de acción colectiva cuyas reglas y objetivos fijamos libremente.

Y por eso, mientras los políticos juegan a cruzar el abismo sobre la cuerda floja, llevando el país a sus espaldas, nos conviene indagar por qué no tenemos una solución razonable para esta tormenta, y por qué asumimos la estúpida sensación de estar fatalmente abocados a un desastre inexorable.

La razón de este desaguisado es un cambio radical e inesperado de nuestra cultura política, que, en vez de entender la democracia como la forma más eficiente de gobernarnos -en la que gobernabilidad y calidad democrática son valores equivalentes-, estamos convencidos de que la democracia es un pulso permanente entre el Legislativo y el Ejecutivo, dando a entender que el Gobierno es la fuente de todos los males e injusticias, mientras el Parlamento solo es el reflejo de una sociedad laboriosa, honrada, llena de virtudes cívicas y solidarias, cuyo principal objetivo es maniatar a los poderosos que saquean el país en favor de los banqueros, los curas y los ricos de nacimiento.

De esta concepción -populista, indignada y emotiva- se deducen principios opuestos a los que inspiraban la democracia clásica, por lo que, si antes pensábamos que los mejores indicadores de la calidad democrática eran la gobernabilidad y la estabilidad, lo que ahora creemos, y en algunas facultades se enseña, es que pluralismo y fragmentación son conceptos equivalentes, y que cuanto más débil es el Gobierno, más fuerte es el Parlamento, al que muchos desearían trasladarle -como Robespierre- la dirección del país.

Por eso no tenemos solución. Porque las opciones mayoritarias nos parecen odiosas, injustas y autoritarias; y las macedonias minoritarias son -y parecen- incapaces de gestionar con coherencia las tensiones inherentes a los Estados de bienestar que operan en espacios abiertos y competitivos.

La censura de hoy está pensada para que una coalición Frankenstein, tras fulminar a un gobierno minoritario y malherido, instale en la Moncloa un angustioso vacío de poder, de racionalidad y de sentido.

Y por eso, antes incluso de conocer el resultado de la votación, ya podemos adivinar nuestro destino: un crucero por la mar arbolada, en un barco desencuadernado, con tripulación inexperta, y con un capitán que -por no saber a qué puerto se dirige- no puede saber qué viento le favorece.

Porque el pueblo solo espera aplacar la tempestad tirando por la borda -en solemne y pagano sacrificio- al viejo lobo de mar.

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