El vuelco


Pedro Sánchez lo consigue. Parece increíble, pero, si nada se tuerce, hoy será presidente del Gobierno. Logra derribar a Mariano Rajoy después de haberlo intentado con una investidura planteada como un juego a cara o cruz y después de cosechar dos derrotas electorales, cada una un poco peor. Esta vez le sale la jugada, más por deméritos atribuidos al presidente censurado que por méritos propios. Los grupos parlamentarios votaron más contra Rajoy que a favor de Sánchez. La corrupción ha sido la disculpa ética para la moción, pero decidieron otros factores. Sobre todo, la presión nacionalista y un fondo de aversión a Rajoy que ningún portavoz pudo disimular. El resultado es un vuelco. Por primera vez en la historia de la democracia, un presidente del Gobierno de la nación es derribado en una moción de censura. Día para la historia política de este país. Se cierra abruptamente la etapa Rajoy.

El presidente previsible se marcha de la forma menos previsible, pero más humillante: derrotado por una pléyade de políticos que se consideran árbitros de un momento histórico. Se abre la incierta, incertísima, etapa Sánchez con un prólogo muy sencillo, pero muy elocuente que le puso el diputado vasco Aitor Esteban: «No le arriendo las ganancias». Nadie le arrienda las ganancias a Pedro Sánchez. Pero tampoco a España. A lo mejor resulta que el nuevo presidente es un genio y consigue mantener el apoyo de quienes hoy le llevan al poder, pero se antoja una misión imposible. A lo mejor hay en su cabeza un hombre de Estado, pero se metió en un terreno pantanoso en sus acuerdos discretos con los nacionalistas y en su aceptación de la soberanía compartida. A lo mejor tiene artes y recursos hasta ahora desconocidos, pero tiene que hacer milagros para ser identificado con la estabilidad. A lo mejor tiene grandeza intelectual, pero Joan Tardá le echó una maldición: puede ser un «mini-Zapatero».

¿Y Rajoy? ¿España ha perdido un líder discutible en muchas cosas, pero de indudable talla, superior a la de todos sus adversarios? Creo que no. Hoy está invadido por la tristura, se le notaba ayer en la cara y en el tono de sus palabras, que sonaron a despedida, aunque no pudo renunciar al sarcasmo. Pero sospecho que en su cabeza ronda una tentación: pasar a la reserva temporal como líder de la oposición y sentarse a esperar que pase el cadáver de su enemigo. Dicho más en román paladino: esperar que se cumplan los negros pronósticos que él hace de la «mayoría Frankenstein» para aparecer en las próximas elecciones como el hombre y el partido capaces de rescatar a España del desastre. Es decir, lo mismo que en el 2011. Es decir, el clásico recurso al «o yo o el caos». Es mi apuesta personal.

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