Italia y España, una comparación

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Entre los enterados de España y Europa está asentada la idea de que «lo más preocupante es Italia». Y de ese dogma barato se dedujo que, en el campeonato europeo de temerarios y desnortados, los españoles hemos quedado segundos. A ese tópico, emocional e irreflexivo, también se unieron los gurús de la especulación y la Bolsa, que siempre concluyen que «las caídas no se deben a la incertidumbre española, sino al marasmo de Italia». Pero las cosas no están tan claras, por lo que resulta necesaria una comparación entre ambos desastres. Entre las cosas que nos unen hay que señalar la crisis del sistema y de los partidos tradicionales, en la que Italia -donde la zozobra ya es total e irreversible- nos lleva delantera. Nosotros aún tenemos vivos al PP y al PSOE, que si hubiesen querido podrían haber gobernado esta legislatura con total autoridad y lealtad al proyecto europeo. E incluso disponemos de una derecha emergente -la de Rivera- que apunta formas muy clásicas. Y en ese sentido es cierto que ni los populistas de Podemos y sus confluencias, ni los separatismos ultramontanos y xenófobos pueden ocupar la Moncloa. Pero esta ventaja no pasa de ser aparente si tenemos en cuenta que, mientras Italia dispone de un mecanismo presidencialista que controla la subversión constitucional, en España, aunque todavía tenemos en la Moncloa un trampantojo de gobernante leal llamado Sánchez, nos movemos en un cachondeo constitucional y legal sin precedentes, en el que la audacia desvergonzada de los independentistas, y la pusilanimidad acobardada de los constitucionalistas, nos hacen vivir en un Estado de derecho que, si aún lo sigue siendo, está humillado y al borde del caos. La segunda señal de igualdad entre Italia y España es la actitud emocional e incomprensible de sus electorados, que, a pesar de acumular gravísimas experiencias sobre los populismos, los fascismos y los períodos de desgobierno y desorden, siguen apostando por llegar al paraíso a través del caos, por lo que, si en algún momento tuviésemos que apelar al pueblo para encarrilar la situación, es muy probable que todo empeore, y que la gobernabilidad se debilite. Por eso creo que, hasta aquí, estamos empatados en ceguera y temeridad. Pero el problema viene al analizar las fobias que nos inspiran. Porque si grave es que los italianos estén incurriendo en un populismo eurófobo, que trata de expandir su crisis al euro y a la UE, peor me parece el populismo hispanófobo que gastamos por aquí, que quiere arreglar España a base de destrozarla, y que, muy empoderada por la moción de censura, tiene tanta capacidad como la suma de xenófobos y antisistemas que gobierna Italia. Por eso creo que, si hemos quedado segundos en la Champions del disparate, no es porque lo merecimos en el partido, la prórroga o los penaltis, sino porque, al tirar la moneda, salió cara. Pero no estamos libres de que, en la próxima final, esa moneda caiga de canto.

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