Una venganza tabernaria


Los lectores habituales de esta columna ya conocen la opinión de su autor: el trato excepcional que el Gobierno Rajoy ha dado al País Vasco ha sido el ejemplo más clamoroso y descarado de mercantilismo político. Al decir trato excepcional me refiero a la generosidad gubernamental con el cupo y a los famosos 540 millones de euros destinados a infraestructuras en los Presupuestos del Estado. Con esa descomunal cantidad se compraron los votos del PNV con la finalidad de dar estabilidad al Gobierno. Todos lo hemos visto y no hicimos mucha sangre con ese mercadeo porque, en efecto, podía ser una forma grosera, pero eficaz, de hacer un poco más gobernable este país. Ahora, el aviso de que el PP se dispone a anular esa inversión en el Senado confirma que todo ha sido una vulgar compra de votos. El Estado comprometió 540 millones de euros en prolongar la gobernación del PP.

Carísimo negocio: la paz gubernamental nos costó a todos más de cien millones por escaño. Este cronista no tiene inconveniente en considerar corrupción una negociación política como esta: si es corrupto quien (persona o partido) coge dinero de una empresa para ganar un concurso de obra pública, también caen en corrupción quienes compran y venden permanencias de Gobiernos a cambio de algunas inversiones. Lo que ocurre es que se trata de una costumbre política, y las costumbres no son delito.

Al final, como es público, no sirvió de nada. El PNV no respondió con lealtad, se limitó a votar los Presupuestos y terminó siendo la pieza básica para derribar al Gobierno. No suscribo la calificación, pero la entiendo: para el PP, el PNV es el partido traidor y se dispone a dejar al País Vasco sin las inversiones aprobadas en el Congreso. Si es infumable que Pedro Sánchez acepte ahora unos Presupuestos que había demonizado (también para comprar al PNV), infumable es que ahora el PP descalifique unas cuentas públicas que él redactó y que hace solo diez días veía imprescindibles para la vitalidad económica y la creación de empleo.

Esto es una venganza tabernaria. Es un castigo al PNV, pero este partido ya se encargó de decir que es una venganza y un castigo al pueblo vasco. El nacionalismo ya dispone de otra baza para crear una mala imagen de España en Euskadi y fomentar un nuevo victimismo. Es lo que ocurre cuando la política se convierte en mercadería: sus agentes se convierten en mercenarios al servicio del mejor postor. El pueblo siempre ha dicho santa Rita, lo que se da no se quita. Aquí se va a quitar, aunque lo restaure después el Congreso, lo que antes se había dado. El mercantilismo queda escandalosamente al descubierto. Y la manipulación que viene hará un poco más grave el conflicto territorial.

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